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Verde que te quiero verde

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En reciente viaje, el autor de esta nota tuvo oportunidad de visitar a Chile, país cuya pujanza en diferentes frentes es un paradigma para todo el continente.

La primera impresión, que lo pone a uno verde de la envidia, es recorrer desde el aeropuerto magníficas autopistas a peaje —principalmente urbanas— que en poco menos de 20 minutos lo colocan a uno en el centro de la ciudad. Para darle una idea al lector, salir o entrar a Bogotá —ya sea por el norte, occidente o sur— es una temeridad que suele durar hora y media, comparado con los 15 minutos de Santiago.

Las excelentes autopistas, regadas a lo largo del país, casi en su totalidad son de cuatro o seis carriles. El costo de los peajes es muy similar al de Colombia, con la diferencia de que buena parte de nuestras carreteras de peaje son solo de dos carriles y la distancia entre peaje y peaje es la mitad de los kilómetros que separan los peajes en Chile.

Santiago es una ciudad limpia y segura. Sus avenidas arborizadas acompañan una abundancia de parques. Un bogotano se llena de indignación cuando recuerda la suciedad de nuestra capital con su deficiente sistema de recolección municipal. La creciente inseguridad en Petrópolis le hace temer al peatón nacional o extranjero ser asaltado a plena luz del día.

Chile, sin embargo, no atraviesa un buen momento. El precio del cobre (su principal producto de exportación) ha llegado a los niveles más bajos desde 2009. El menor precio del metal implica una reducción en los ingresos en divisas de cerca de 5.000 millones de dólares. En el lado positivo, la factura energética de Chile, país que depende casi en su totalidad de las importaciones de hidrocarburos, va a ser bastante menor, dada la baja en el precio del crudo. Una reciente reforma fiscal, que prácticamente les dobla los impuestos a las empresas extranjeras, ha causado un frenazo importante en la inversión extranjera, principalmente la minera.

En el campo político y social existe un alto nivel de desasosiego e incertidumbre asociado con un manejo vacilante por parte de la presidenta Bachelet y su gabinete. Sin que necesariamente se esté reversando el sistema democrático de mercado que le ha dado inmenso bienestar a Chile en las últimas tres décadas, todo parece indicar que para darle ‘contentillo’ a la extrema izquierda se van a adelantar una serie de reformas encaminadas a convertir el país en una economía ‘dirigista’ en donde muchas decisiones económicas y educativas serán tomadas por los burócratas, no por los ciudadanos o el mercado.

Chile, con admirable tenacidad, en menos de tres décadas se convirtió en una potencia mundial en el campo frutícola y hortícola, con ingresos superiores a los 7.000 millones de dólares anuales. El cambio climático mundial, sin embargo, presenta serias amenazas a la agricultura chilena. Chile es un larguero que tiene cinco mil kilómetros de sur a norte, y por lo menos dos mil kilómetros de esta extensión atraviesan una severa sequía que ha sacado de combate al 30 por ciento de las tierras agrícolas en los últimos cinco años. En el caso concreto del aguacate (palta), los cultivos se han reducido a la tercera parte. Si bien muchos agricultores y exportadores esperan que se normalice el régimen de aguas, otros más realistas temen que la sequía llego para quedarse. De continuar sistemáticamente el desierto, ganando terreno y el verde cediéndolo, la agricultura de esta gran nación se verá gravemente comprometida.

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