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Ecuador jamás apareció en los grupos de amigos que acompañaron los procesos de paz con las Farc y el Eln en la década de los noventa. Marcado contraste con Cuba, México o Venezuela, promotores regionales de los procesos de paz.
El caso ecuatoriano es bien distinto y el interés por involucrarse en una salida negociada en el conflicto colombiano es cosecha de Rafael Correa. Como candidato, mostró consciencia sobre las dificultades que entrañaban para su país los efectos nocivos del conflicto y en particular dos espinosos temas; los desplazamientos masivos y las fumigaciones por aspersión aérea con glifosato.
La maltrecha relación que dejó el gobierno de Álvaro Uribe pareció confirmar una acusación histórica lanzada insistentemente desde la población ecuatoriana, por el menosprecio con el que los gobiernos desde Bogotá manejaban la frontera. No obstante, un hecho fue vital en la recomposición de las relaciones y tiene hoy a Quito como uno de los aliados de Colombia en situaciones de crisis e incluyéndose de paso en el tema de los diálogos con el Eln. Se trató de la postura asumida por Juan Manuel Santos, cuando se dio el motín policial, que el gobierno de Correa convirtió en el 30S (30 de septiembre de 2010) y que fue interpretado como un intento de golpe de Estado alimentado por la oposición, los medios y un sector económico incómodo con los anuncios de la economía solidaria. Colombia, sin titubear, anunció que no reconocería gobierno distinto al de Correa y expresó un tajante apoyo al mismo. Eso acabó, al menos por un tiempo, con la sospecha latente de que gobiernos de derecha o conservadores apoyarían veladamente insurrecciones en contra de los regímenes de la entonces mayoritaria nueva izquierda. Situación muy diferente de la ambigüedad con la que Colombia manejó el golpe de Estado contra Hugo Chávez en abril de 2002.
Para Correa, la paz en Colombia representa dos ventajas. Confirma una proyección regional inédita, ya que desde el retorno de la democracia jamás se evidenció tal apuesta de liderazgo, pues hasta 2007 era sinónimo de inestabilidad crónica. La participación ecuatoriana en la Celac a través de una Presidencia Pro Tempore gestionada con un maratónico dinamismo, confirmó una faceta agresiva de su política exterior. Convertirse en la sede de la Secretaría General de Unasur y formar parte de grupos ad hoc para destrabar la situación interna en Venezuela y la crisis fronteriza entre ese país y Colombia, dan cuenta de un Ecuador que poco a poco va ocupando los espacios cedidos por las potencias suramericanas, ensimismadas por problemas internos. Asimismo, a Ecuador le urge acabar con un conflicto que le ha generado problemas, desde la presión por involucrarse y definir a las Farc como terroristas, hasta los efectos que trascienden la frontera. En este panorama, la paz en Colombia es un camino para consolidar el incipiente liderazgo ecuatoriano.
*Profesor de la Universidad del Rosario