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Con los resultados de las elecciones en el Perú, vuelve la posibilidad, como hace cinco años, de que el fujimorismo gobierne de nuevo los destinos de ese país para un nuevo período. Todo en un contexto muy distinto al que atravesaba el país a comienzos de los noventa. Keiko Fujimori deberá demostrar desde ahora hasta comienzos de junio, fecha de la segunda vuelta, que no representa el legado autoritario y corrupto de su padre, y que está en capacidad de gestionar para todos los peruanos, aun cuando las heridas por décadas de conflicto siguen abiertas.
A pesar de los esfuerzos por superar años de violaciones sistemáticas a los derechos humanos por parte de las extintas guerrillas, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru y Sendero Luminoso, no será una tarea fácil. Especialmente esta última fue particularmente violenta. En la década de los ochenta amenazaban con cortar la falange de los dedos de aquellos que desafiaran el boicot a las elecciones y ejercieran su deber y derecho a votar.
Perú llegó a la década de los noventa en uno de los peores momentos de su historia, y cuando se temía por un avance imposible de frenar por parte no sólo de SL, sino del MRTA, tristemente recordado por la toma de la residencia del embajador de Japón entre diciembre de 1996 y abril de 1997. Aquel episodio se cerró con la cinematográfica recuperación de esa sede por un grupo de comandos, pasando por encima de principios elementales humanitarios.
Ese país votó en las elecciones de 1990 por Alberto Fujimori, asumiendo el cambio (el nombre de su partido era precisamente Cambio 90) y buscando una recuperación económica tras el desastre populista del primer gobierno de Alan García, que dejó al país sumido en una hiperinflación que llegó al 8.000 % y que le arrebató la elegibilidad para créditos en el ámbito internacional. A esto se sumaba una población atemorizada por la violencia y cansada de la intimidación de los grupos guerrilleros. La reforma política emprendida sacrificando el Estado de derecho (y que entrañó el polémico cierre del Congreso en abril de 1992), la recuperación económica mezclando un ajuste estructural con medidas populistas, y una recuperación impresionante del Estado frente al SL y el MRTA, lo llevaron a niveles de popularidad dañinos para la democracia. Esa confianza fue interpretada por Fujimori como un margen de acción con pocos o difusos límites.
Este Perú que podría elegir al fujimorismo en dos meses sigue desencantado de la política tradicional, aunque su modelo económico lo haya convertido en un país poco vulnerable a las crisis regionales. Perú ya transitó en los noventa por el camino del populismo, en el que se consiguen cambios en un período de tiempo corto, pero con un precio muy alto para el equilibrio democrático y los derechos humanos. Se viene una campaña de polarización, donde está en juego no sólo el Gobierno de los próximos cinco años, sino la reconciliación luego de décadas de conflicto.