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Desnaturalización

Melba Escobar
04 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.

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Con el paso de los años he ido entendiendo que una familia es la primera célula de una sociedad, un simulacro de universo que se rige con unas reglas propias, reglas que, por cierto, parecen contener el mundo cuando somos niños. Las familias, en su primerísima gestación, son experimentos que a veces salen bien. Al final del día, todos somos sobrevivientes de uno de estos experimentos.

Hace un par de años, emprendí el mío. Desde que soy mamá, hago parte de un chat de madres del jardín infantil, estoy en un grupo de crianza en Facebook, recibo información promocional con toda clase de productos para niños, algunas amigas y conocidas me mandan artículos, videos, siempre explicando lo que se debe hacer y lo que no en casi cualquier aspecto que involucre la crianza. Es como si cada día saliera un estudio nuevo sobre si es mejor tener un hijo o dos o tres, si deben dormir de medio lado o boca abajo, si quedan traumatizados por dormir con los papás, o si lo que realmente causa lesiones irreversibles es dormir solos en su cuna. Al jardín nos citan a reuniones con frecuencia, donde nos hablan de lo que deben comer, de cómo enseñarles a relacionarse con la naturaleza y de como crear un vínculo afectivo.

Confieso que todo esto me tomó por sorpresa y me ha resultado más que abrumador. ¿Acaso es ingenuo creer que el vínculo afectivo con el hijo va a estar ahí, si uno sigue el instinto y sobre todo si le da algo de amor? Una amiga que antes de ser madre era compañera de fiesta, ahora me sorprende con un “los últimos estudios revelan que el dulce…” cuando le pregunto si será mucho darle otro osito de goma a su hija. ¿Y qué pasó con el instinto materno? ¿Dónde quedó la intuición? Me agobia pensar que para ser mamá hay que pasar por leer varios mamotretos de autores que explican cómo se debe hacer cada cosa, desde la más pequeña (cómo ayudarle a dejar el pañal) hasta la más trascendental (cómo criar adultos felices). A esto se suma un cierto heroísmo en el gesto de la madre trasnochada que cuenta las pocas horas que durmió (seguramente yo también lo he hecho, aunque me aterra); la madre que explica cuantos meses lleva sin ir a cine, o cuándo fue la última vez que pudo hacer ejercicio. Es como si el sacrificio, antes natural al papel materno, hoy día se hubiese elevado a una categoría de superioridad moral, y la madre actual fuese una suerte de mártir o heroína del siglo XXI.

Esto me ha hecho pensar en “El Enterrador”, el ensayo de Thomas Lynch donde dice que la invención del sanitario fue la primera cosa que empezó a disociar la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo. Esa desnaturalización da un paso más allá con el surgimiento de las funerarias. Al cuerpo sin vida del ser amado, lo primero que hacemos es sacarlo a otra parte donde no tengamos que lidiar con su frialdad mortecina. Quizá hemos ido perdiendo también la naturalidad para criar. De ahí que tengamos que aproximarnos a esta etapa como si fuese una suerte de experimento científico, no el más natural, espontáneo e instintivo de los actos para los que estamos programados como los mamíferos que, aunque no siempre lo parezca, seguimos siendo.

@melbaes

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