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Qué año tan largo

Melba Escobar
13 de enero de 2016 – 09:59 p. m.

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Dos semanas y ya nos vamos a sacar los ojos. Y eso que no es por el posconflicto, sino por la venta de Isagén, una empresa hasta ayer con una participación accionaria estatal del 57,6%.

Desde la época de Pastrana, se había planteado su venta. El mismo gobierno de Uribe la propuso en 2009. Curiosamente, ha sido el uribismo el mayor detractor del negocio con Brookfield, con un activismo que lo ha llevado a organizar plantones en varias ciudades del país. A él se han unido, de forma inverosímil, la voz de Horacio Serpa, como codirector del Partido Liberal, la del senador Jorge Robledo, Gustavo Petro y el procurador Alejandro Ordóñez.

Qué curioso, al hacer la lista corroboro que lo único que tienen estas personas en común son sus aspiraciones, unas más explícitas que otras, para las presidenciales del 2018. Ayer escuché en la radio al senador Robledo citando al procurador Ordóñez. Increíble. Si no puedes contra ellos, únete en contra de ellos, parece ser la estrategia de quienes hasta ahora no habían podido ponerse de acuerdo en nada y en su campaña contra el Gobierno encontraron un fin común.

Más allá de que el tema haya quedado saldado en la mañana de ayer, en los días precedentes a la decisión abundaron las consignas panfletarias por encima de los argumentos acuciosos. No en vano García Márquez decía que Colombia no tiene opinión sino hinchas.

Pero el punto no necesariamente es la venta de Isagén. El punto es esa capacidad que tenemos de lanzarnos con furia destructiva contra las propuestas de cambio. Y ni siquiera me refiero a este gobierno en particular. Creo que es algo que llevamos en el ADN, una desconfianza endémica que nos hace salir a gritar “corruptos”, “ladrones”, “criminales” incluso antes de conocer el contenido de las propuestas: que le van a regalar el país a las Farc, que van a privatizar la enseñanza pública, que nos van a robar para hacerles autopistas a los carros de lujo, que se nos va a ir todo el salario en impuestos… Y así. Las propuestas de reforma a la educación, la salud, la justicia, acaban en cacerolazo antes de conocerlas.

Sin duda es válido sentir temor frente a la pérdida de propiedad de una de las más poderosas empresas con capital público, o preocuparse por un eventual alza en las tarifas de electricidad. Pero también hay que pensar en los 350 mil empleos anuales que se lograrán, sin contar la transformación definitiva en infraestructura y conectividad y las repercusiones sociales y económicas que traerá al país.

Como en muchas de estas propuestas de reforma, en la venta de Isagén hay pros y contras, no hay “un cartel para robar al país” ni se trata de “darle todo a los más ricos”. De hecho, con la venta al fondo canadiense que la compró, Santos está haciendo lo que considera correcto sin valorar el costo político que tendrá para él esta decisión, ahora incalculable. Lo sabremos con el plebiscito, con el desarrollo del posconflicto, con la suerte de la reforma tributaria y con todas esas propuestas cuya suerte queda en veremos. Luego no salgamos a decir que “en este país no se hace nunca nada y todo sigue siempre sigue igual”.

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