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Supongamos que todo es cierto. Que el defensor del Pueblo acosaba a su secretaria privada. O supongamos que, como él alega, sostenían una relación amorosa usando viajes y testigos como evidencia. Supongamos que en efecto él está incurriendo en una irregularidad.
Supongamos, como dicen algunas voces, que “siempre los acosadores son tipos asquerosos”. Supongamos que esta afirmación no deja implícito que si fuesen atractivos sería menos grave. Supongamos que esto no es política. Supongamos que sí lo es. Que esta historia donde un hombre se toma una foto de su pene, se la manda a su subalterna, ella a su vez a los medios y todos opinamos, es una relación consensuada entre un sospechoso y una sociedad de la transparencia.
La transparencia, esa de la que tanto nos preciamos, esa que no acepta el encubrimiento, la fisura, la intimidad. Esa que nos lleva a clamar justicia en las calles, a cometer linchamientos, ya que en una sociedad transparente no hay espacio para la ambigüedad. Como en una imagen pornográfica, todo es literal, explícito. En una sociedad transparente todos sabemos quienes son culpables, no hace falta investigar. En un mundo donde compulsivamente nos tomamos fotos y salimos a retratarlo todo, donde estamos buscando “evidencias” o preparando evidencias para lo que vendrá, un mundo para exponer y donde siempre podremos ser expuestos, los juicios son tan automáticos como la velocidad con la que pasan las imágenes que se muestran y las que mostramos.
Para el filósofo alemán de origen coreano, Byung-Chul, estamos sustraídos a una mirada consumidora, voraz, hiperactiva, en la que no existe el pensamiento reflexivo, solo la glotonería constante de consumir información y personalizarla, ligarla con nuestra experiencia en un narcisismo que no deja lugar a una mirada desde lo público, pues todo cuanto vemos es un reflejo de nosotros mismos.
A medida que vamos perdiendo la capacidad de ver la interioridad de las cosas, avanzamos hacia la pornografía. En la pornografía no hay espacio para lo simbólico, para lo sugerido, tampoco para la duda metódica. Todo se convierte en operacional.
La pornografía es transparente. En ella no hay nada oculto, nada encubierto. La transparencia es lisa, sin profundidad ni astucia. Nuestra indignación en cadena, puede resultar tan escandalosa en su exhibicionismo de una moral superior, tan explícita como ligera en su juicio que no escucha pero censura, tan viral y grotesca como la imagen pornográfica en su accionar y su propensión al desahogo.
El escándalo del defensor del Pueblo es un espectáculo más, el de esta semana, otro al que los actores y el público asistimos con piedras, tambores y consignas. Con esa energía contagiosa y hambrienta de quien disfruta del circo, mucho más cuando este viene con escenas de violencia y sexo explícito.
Hay una obscenidad en esa comunicación transparente que no admite nada que no sea rotundo. Lo público ha ido dejando de ser el espacio para el interés común, para convertirse en escenario del desnudamiento. Un desnudamiento al que asistimos entusiastas con nuestras verdades explícitas, lisas y definidas, como los contornos de una imagen pornográfica.
@melbaes