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HACE APENAS UNOS MESES COLOMbia parecía instalada, cuando menos a los distantes ojos europeos, en el mejor de los mundos.
Las conversaciones de paz con las Farc marchaban a buen ritmo y el tema de la tierra parecía en vías de solución; el TLC aún no había empezado a surtir efectos, con lo que todavía era posible verlo como una pieza esencial en la modernización del país; se estaba discutiendo el espinoso problema de la participación política de los insurrectos, pero el presidente Santos se atrevía a hablar de una “refundación de Colombia”. La economía es cierto que mostraba incipientes signos de flaqueza y el mandatario, respetado pero nunca ídolo de masas, resistía razonablemente las andanadas —trinos y relámpagos— de su antecesor el expresidente Uribe, que no podía por mandato constitucional disputarle la reelección ni tenía candidatos-suplentes capaces de enamorar a la parroquia.
Y como quien dice, de súbito, los europeos leemos en Le Monde que “se desplegarán 50.000 soldados para garantizar la movilidad y el abastecimiento de alimentos que comienzan a escasear, debido a los bloqueos de campesinos”; y en El País que el presidente “anuncia la militarización de Bogotá tras graves disturbios” en los que ha habido varios muertos. Y uno se pregunta, ¿qué ha ocurrido? Colombia, la impertérrita, la que lo asimila todo, se ha desarticulado aparentemente por su eslabón más débil, el campo, provocando una agitación como no se conocía en décadas. El senador Jorge Robledo, líder de la izquierda canónica, el Polo Democrático Alternativo, asegura que él ya lo había advertido. El TLC, Tratado de Libre Comercio firmado con EE.UU., aunque es posible que abarate algunos productos de primera necesidad que se producen fuera de Colombia a menos costo o están subsidiados, es la ruina para muchos productores colombianos. Una desavenencia grave, pero no irresoluble con los campesinos del Catatumbo, se había convertido en un extendido paro agrario, bloqueo de carreteras, manifestaciones de protesta en todo el país, en las que comandos vandálicos aprovechaban para entregarse al saqueo y a la violencia ante lo que el presidente parecía haber perdido toda capacidad de reacción. Se veía a Juan Manuel Santos desamparado de sí mismo, herido por la crítica de Uribe, a la que no había hecho gran caso durante bastante tiempo, pero a quien últimamente replicaba con tanta frecuencia como probable nerviosismo. El presidente, además de negar contra toda evidencia que hubiera paro agrario, hacía responsables a las Farc de los desmanes en campo y ciudad, lo que no tenía por qué ser falso, puesto que cada uno juega la partida con las cartas que tiene en la mano y la guerrilla dizque marxista, trataba de debilitar la posición negociadora del Gobierno. Pero estaba claro que nadie obligaba a marchar a los que marchaban, ni protestar a los que protestaban.
¿Es este el fin del llamado ‘milagro colombiano’? ¿Había sido todo un tinglado de relaciones públicas? Entre primavera democrática e indignación ciudadana, la violenta exasperación de parte de la sociedad colombiana, una idea general podría abrirse paso: este es un momento crucial de la historia del país porque vive o está a las puertas de una cuarta reapropiación del territorio. La primera fue la conquista y colonización española en los siglos XVI y XVII; la segunda llegó con la Independencia que, básicamente, consistió en un cambio de manos del poder dentro de una misma clase de españoles, peninsulares o americanos; la tercera se produjo durante las décadas de la violencia, el narcotráfico y la propiedad mal habida de buena parte de la tierra, de los años 50 en adelante; ¿y la cuarta? Colombia, con más de 1’100.000 kilómetros cuadrados, dos veces y pico la extensión de España, y una población similar de unos 45 millones de habitantes, está todavía en buena medida por explotarse a sí misma. Y hay quien sostiene que a eso es a lo que juega el TLC, a explotar de mano extranjera una economía reprimarizada, sea hoy Estados Unidos, mañana Europa o pasado China la que saque partido de ello.
Colombia es un gran país en urgente necesidad de modernización y Juan Manuel Santos parecía tan sólo hace unos meses el mejor guía de esa caravana hacia el futuro. Pero es la sociedad colombiana, tanto o más que su gobierno, que cualquier gobierno del signo que sea, el que debe acometer esa tarea y dejar de utilizar el indudable flagelo de las Farc para justificar que apenas haya dado comienzo la tarea.
* Columnista de ‘El País’ de España.