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Colombia, España, Roma y Latinoamérica

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EL PAPA BENEDICTO XVI ESTÁ EMpeñado en un áspero combate contra la avanzada secularización de Europa, y en particular de España, a la que extrañamente distingue por "el laicismo agresivo" que afirma que practica el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y mientras demuestra semejante preocupación por lo europeo, donde de verdad se le están escapando los puntos de la media es en América Latina.

Los únicos monoteísmos que en el siglo XXI están creciendo son el Islam y las Iglesias herederas del calvinismo, que se multiplican en una taifa interminable en Estados Unidos. La fe musulmana, aunque ya tiene su clientela en Occidente, sigue siendo un credo básicamente del Tercer Mundo que muerde relativamente poco en la feligresía cristiana; es, en cambio, el protestantismo sectario, bajo la doble denominación de antiguo y neo-pentecostalismo, el que causa desde hace décadas una fuerte hemorragia en la grey católica de América Latina. Y ello no carece de consecuencias para la política exterior de España y la fisonomía misma de las naciones latinoamericanas.

El problema no es teológico ni dogmático. Las masas latinoamericanas, notablemente indígenas y afrodescendientes, ‘proceden’ de una raíz católica que les fue impuesta por la violencia por los conquistadores y, así, el sincretismo entre catolicismo y credos ancestrales lleva indeleblemente impreso el marchamo de lo hispánico. Los pentecostalismos, contrariamente, aspiran a convertirse en agentes de la deshispanización de América Latina como subproducto de la conversión a la fe de Calvino, o, en orden inverso, a deshispanizar primero para convertir después. En Centroamérica, misioneros norteamericanos han tratado de catequizar a pueblos indígenas directamente en inglés. Y todo ello puede creerse que tiene interés solo para España, y en particular en Colombia, pensar que ese futuro se halla tan lejano que no hay motivo de sulfurarse por ello. Pero, muy al contrario, es en Colombia donde deshispanización significa prácticamente lo mismo que descolombianización.

Guatemala ha sido durante décadas la mayor cabeza de puente de esas formaciones religiosas vinculadas a la extrema derecha de Estados Unidos, la de los cristianos ‘renacidos’ que también figuran en el movimiento del Tea Party. Un militar golpista, Efraín Ríos-Montt, antiguo agregado militar en Madrid y fundador de la Iglesia del Verbo, fue el primer presidente protestante del país, y bajo su influencia un segundo adepto, Jorge Serrano, ocupó también el cargo, aunque en su caso por la vía electoral. Y si en Guatemala es posible que el pentecostalismo supere el 30% del personal, las cifras no le andan lejos en el resto de América Central; no bajan de un 25% en Brasil; en la propia Colombia es muy probable que pase del 10%, mientras se sitúa entre el 10% y el 20% en los demás países iberoamericanos. Ya no es posible por todo ello hacer política sin la correspondiente genuflexión ante los evangélicos. El presidente brasileño Lula, pese a ser católico declarado y practicante, se ha cuidado bien de contar con el apoyo de la Iglesia Universal, la más importante de estas congregaciones en su país, y su sucesora, Dilma Rousseff, ha tenido que luchar con el grave inconveniente de que, aunque está bautizada gracias a una devota madre brasileña, es notoriamente ajena al fenómeno religioso. El ex presidente peruano Alberto Fujimori, también bautizado aunque personalmente indiferente, siempre contó con el apoyo del protestantismo local. El devotísimo Álvaro Uribe se hacía siempre su foto de ritual con el evangelismo colombiano y hasta Antanas Mockus experimentó dificultades cuando se le interrogó sobre su adscripción religiosa. Lo que la Contrarreforma impidió en el siglo XVI lo están consiguiendo hoy unos pastores milagreros que expenden certificados de salvación, por una suma no tan módica, en sus supermercados de la fe.

Nunca tantos ciudadanos de lengua española o portuguesa —unos 100 millones sobre 600 millones— profesan hoy una religión que no sea la romana. Pero todo ello ocurre por alguna razón. De un lado, la Iglesia formaba parte integral del aparato de gobierno de la Colonia, y a la emancipación se alió con los forjadores de la independencia y los poderosos intereses que los sustentaban, para no perderse su parte del pastel, y cuando con la teología de la liberación se produjo una reacción, ya en los años 60 del pasado siglo, su efecto fue el desapego de una parte de esas clases normativas que si no encontraban a la institución de su parte, no veían razón alguna para seguir siéndole fieles; y de otro, la propia dominación española había unido evangelización con explotación del nativo y del esclavo, en un coctel cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Esa es la plataforma de gobierno de Evo Morales en Bolivia, quien, desde una perspectiva autóctona e indigenista, trabaja por la ‘pachamización’ del país, el culto prehispánico a la ‘madre tierra’.

Todo ello —el alejamiento de Roma por la vía indigenista o la sopa boba protestante— es perfectamente legítimo. Los ciudadanos de América Latina son muy dueños de adoptar las creencias que les rindan mayores satisfacciones o beneficios. Pero un católico latinoamericano, tanto si es favorable como no a España, actuará muy probablemente asumiendo como propia la vinculación de su país con el mundo ibérico; y, diferentemente, un protestante sectario se mueve entre la negación pasiva y la oposición activa a ese ligamen. Y el gobierno de los criollos, que es el único que ha conocido América Latina hasta el advenimiento de Morales en La Paz y de Hugo Chávez en Caracas, está indisolublemente ligado a lo hispánico, lo sepan o no sus artífices, e incluso al margen de si aprecian o detestan a España. Y Colombia es, de nuevo, el mejor ejemplo del caso.

 En toda su historia, Bogotá ha estado siempre gobernada por españoles; de la variedad colombiana, sin duda, pero españoles. Pero eso no durará eternamente y si España ha de preparar su política exterior para ello —pidiendo, por ejemplo, perdón y compensando de alguna manera a los pueblos indígenas por lo que ocurrió hace unos siglos—, el criollato colombiano y latinoamericano debería empezar también a hacer sus cuentas. Es por esa gigantesca rendija, la de gobiernos y clases dominantes hipotecados a una sola etnia y a una reducidísima clase de propietarios, por donde se está colando una fe que no conviene, por muy legítimo que sea su crecimiento, ni a Bogotá, ni a Madrid.

* Columnista de El País de España.

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