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El 9-N en Cataluña

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Este verano pasado Héctor Abad publicó un artículo en este periódico, referido a la tentativa de secesión de Cataluña de España, con cuya idea fundamental —triste, educada y democrática oposición a la misma— me siento totalmente cómodo; tanto que hice poco después un tuit en el que sugería que otros intelectuales latinoamericanos, si esos eran sus sentimientos, adoptaran parecida actitud, como ya lo había hecho Vargas Llosa.

El brillante escritor colombiano se equivocaba, sin embargo, en una cosa. Daba por sentado que una eventual independencia de Cataluña, para la que no hay ni remotamente fecha verosímil, como tampoco para la celebración de la consulta que el gobierno de Cataluña no cesa de anunciar para el próximo 9 de noviembre, implicaría una retirada del ‘nuevo Estado’ del mundo hispánico o, más concretamente, del ámbito de la lengua castellana.

Si esa es la preocupación de Abad Faciolince, que no se inquiete. Las fuerzas nacionalistas catalanas, que hoy gobiernan el país, no piensan renunciar a la lengua castellana, a la industria editorial en esa lengua y sobre todo a una relación con América Latina que no ignoran que sólo puede darse a través de la lengua a la que no obstante bastantes de ellos odian, porque la consideran encarnación de la violencia institucional, a la que estiman que su tierra está sometida.

El que fue ministro de Transportes en el gobierno socialista de Felipe González, años 80, Ernest Lluch, nacionalista catalán, pero avenido a que Cataluña formara parte de España, me dijo en una ocasión que una Cataluña independiente mimaría el castellano para no perderlo; que, verosímilmente, habría un primer tiempo de reacción en el que el castellano o español estaría oficialmente muy relegado —como ya ocurre hoy con la autonomía—, pero que cuando los espíritus se serenaran, la lengua recuperaría el lugar que le corresponde, que es el de una mayoría de catalanes que la tiene como vehículo de expresión propia; es más, sostengo que uno de los factores que ha demorado el crecimiento del sentimiento secesionista es la existencia de la América de nuestra lengua —yo soy de Barcelona y bilingüe, pero de expresión materna castellana— con la que la conexión se hace más naturalmente a través de España.

Todo ello no hace, sin embargo, menos grave la situación. Y no porque el 9 de noviembre vaya a haber un referéndum digno de tal nombre, que formalmente no se celebrará porque el Estado central lo impedirá con los medios necesarios para ello, sino porque el solo hecho de que quizá la mitad o algo más de los catalanes propugnan o aceptarían sin escándalo la independencia, ya garantiza que las cicatrices que deje todo el episodio son de las que no se curan nunca o aún empeoran con el tiempo. Aunque no hago ninguna predicción porque ya me he equivocado, cuando lo he intentado, suficiente número de veces, es posible que una parte de los casi 1.000 ayuntamientos de Cataluña coloquen urnas en la calle y aunque la votación sea escasa, inconsecuente, en absoluto democrática y abortada donde se pueda por las autoridades, es de esperar que, en cualquier caso sin violencia, sus resultados serán trompeteados, si conviene, por las autoridades nacionalistas, como demostración presunta de la voluntad del pueblo catalán.

¿Tiene algo que decir sobre todo ello América Latina? Creo que los intelectuales acabarán expresándose de una manera u otra, según sean sus inclinaciones, pero los gobiernos aceptarán sin rechistar aquello que ocurra, hoy o dentro de unos años.

A comienzos de siglo, aunque la situación ni por pienso se parece a la actual, pregunté a varios directores y exdirectores de periódicos mexicanos qué creían que haría el Estado ante la eventualidad de un desgarramiento de esas características de España. No esperaba que dijeran que su país se opondría materialmente a esa asechanza, pero tampoco descartaba que hubiera una declaración de pesar, de lamentación de que una nación tan radicalmente contribuidora a la existencia del pueblo mexicano contemporáneo dejara de existir. Pero todos, por separado, respondieron lo mismo. A su debido tiempo se reconocería al nuevo Estado, se trataría de tener las mejores relaciones posibles con el mismo, y sanseacabó.

La actitud de Bogotá no creo que difiriera en lo más mínimo, aunque a unos cuantos godos les supiera realmente mal que sufriera semejante estrago el solar de sus mayores, como aquel expresidente colombiano que en la Embajada de Francia, con motivo de la visita oficial del general De Gaulle, se levantó para hacer un brindis por España. Y nada indica que estuviera borracho.

Continuará.

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