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La batalla por Egipto

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Los sucesos de la última semana han cambiado la política de la nación del Nilo. Ahora, resta saber qué rumbo tomará.

En todas las crisis hay un momento crucial en el que la balanza se inclina decisivamente de uno u otro lado, y el país, la situación, la personalidad se cura o se muere. La crisis de Egipto, la batalla por su futuro y por extensión de gran parte del mundo árabe, debería estar, según todos los indicios, muy próxima. Y la personalidad en torno a la cual se libra esa batalla es el presidente-dictador Hosni Mubarak, y quien tiene en la mano poner fin a la inestabilidad y el derramamiento de sangre únicamente el Ejército.

A nadie le tiene que extrañar que Mubarak tenga partidarios y que salgan a la calle para defender a su líder. En casi 30 años de dominación el régimen ha creado extensas redes clientelares integradas por miembros de profesiones liberales, políticos, administradores, y simples empleados de la vasta burocracia de un sistema en el que un trabajo es con frecuencia recompensa a la fidelidad política a un cacique. Esos son los que, provistos en algunos casos de armas de fuego, atacan en la plaza Tahrir a los manifestantes de la democracia con la esperanza de que amaine la protesta y la oposición acepte negociar con el poder algún un tipo de transición controlada. Y lo que Mubarak pretende y en nombre de lo cual está desafiando al presidente Obama, que ha pedido cambio de gobierno y transición a la democracia “ya”, es la preservación y libertad futura de ese grueso de partidarios que le han servido tan bien como han sido recompensados por ello.

El propio presidente no parece al día de hoy dispuesto a aceptar un veredicto del todo infamante sobre su mandato y con ello el exilio para sí y su familia. No quiere de ninguna manera ser un nuevo Ben Alí, el presidente tunecino que eligió hace tres semanas el exilio cuando el Ejército le sopló al oído que no respaldaría el sofocamiento violento de la protesta. Por ello sólo el Ejército, que hasta ahora se ha mantenido como un Pilatos impasible ante el derramamiento de sangre, tiene la fuerza para poner fin a la batalla. Y después de haber anunciado en un comunicado que comprendía y respaldaba las exigencias de los manifestantes, cuesta verle como instrumento de un presidente que sabe que sus días han terminado, pero que rechaza ser condenado a la ignominia pública por ello.

La solución de Occidente, y en particular de Estados Unidos, es la formación de un gobierno de concentración nacional dominado por la oposición, pero posiblemente también integrado por algún representante del oficialismo, y presidido por Mohamed El Baradei, que ha demostrado su independencia incluso frente a los Estados Unidos del presidente Bush, en la negociación-presión de Washington con Irán en el contencioso sobre la utilización de la energía nuclear. Y el dato que más honra hoy a El Baradei es el odio que le profesa la extrema derecha norteamericana, el movimiento del Tea Party, retrepado en conocidos medios de comunicación, que le apostrofa como agente secreto de Irán y apologista del país de los ayatolas, sumida como se halla en la mayor inquietud por la eventual defenestración de Mubarak.

Esa oposición es hoy una amalgama a la que sólo une el convencimiento de que un sistema democrático es lo que conviene.

En ella figuran elementos de la lucha obrera, intelectuales de izquierda, sindicalistas que pueden ser calificados en el contexto del mundo árabe de razonablemente laicos, junto a la poderosa Hermandad Musulmana, que fue con su fundación por Hassan el Banna en 1928, la primera gran organización islamista en el mundo musulmán suní. Pero la identificación entre islamismo y terrorismo es un reduccionismo que sólo conviene al fanatismo cristiano de cuña evangélica protestante. La Hermandad ha hecho repetidas veces profesiones de fe democrática, los tiempos en los que propugnaba el crimen político se hallan muy lejos en el pasado y había que conectarlos con la persecución que sufrió bajo el mandato de Gamal Abdel Nasser (1952-70) y más esporádicamente hasta la fecha. Y, de otro lado, la oferta de negociaciones formulada por el vicepresidente recién nombrado por Mubarak, el jefe de la inteligencia militar, Omar Suleiman, persigue no sin astucia la división de la oposición, algunos de cuyos líderes menores no la han rechazado frontalmente.

Egipto, cualquiera que sea el resultado de la batalla, ha cambiado ya. El statu quo que era la delicada obra de marquetería política de Hosni Mubarak se ha desvanecido, pero nadie sabe todavía para qué y hacia dónde. Una cosa está, sin embargo, clara. Un Egipto democrático sería indigerible por el resto del mundo árabe, que debería acomodarse a ello iniciando sus propios procesos de reconversión, así como que el país del Nilo recuperaría la importancia central que le corresponde en su posición de gozne entre Oriente y Occidente. Algo que había en parte perdido en los largos años en que ha sido el muñidor de las políticas de las grandes potencias; de un Occidente que sólo ahora descubre que el precio pagado por la presunta defensa contra el islamismo era demasiado alto para el pueblo egipcio.

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