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LAS RAZONES PARA NO HACERLO SON legión; desde las puramente morales hasta las de estricta conveniencia personal. Y la más significativa seguramente es la de que no sería bueno para Colombia que Uribe se presentara a un tercer mandato, pero ya se sabe que el ser humano se autoconvence de lo que le da la gana, y el Presidente no va a ser una excepción, y si las circunstancias le parecen favorables, es perfectamente capaz de persuadirse de que el país lo necesita una vez más.
Hay, sin embargo, una razón de mayor envergadura que todas, porque reúne el ‘ser’ con el ‘deber ser’, la realidad pura y dura con el respeto a ciertos valores o exigencias ‘geoestratégicomorales’.
La sabiduría convencional parece bastante consolidada. Uribe está trasteando el toro, con lo que se llama en Bogotá ‘ambigüedad calculada’, aunque ambigüedad no hay ninguna y cálculo, sólo elemental. No dice ni sí, ni no, parece que apunta a una Noemí o a un Juan Manuel, pero no acaba de ungir pretendiente, porque quiere seguir contando con todos los escaños de sus seguidores en el Congreso. Al Presidente le interesa ganar tiempo hasta noviembre, tanto si ha decidido ya lo que quiere hacer, como si no; si lo ha hecho, para darse una última oportunidad de cambiar de opinión, y si no, para poner fin a la mortificante espera. Uribe no puede optar por un ‘sí’ o un ‘no’ definitivos, hasta que sepa qué pasa en Washington entre Barack Obama y John McCain.
Si ganara el republicano, veterano ex piloto que cobra pensión de invalidez pese a hallarse muy en activo, parece razonable suponer que el presidente colombiano seguiría gozando de una recepción favorable en la Casa Blanca y, aunque la opción de 2014 es muy tentadora, ¿por qué no adelantarla a 2010? Si el vencedor en las elecciones norteamericanas fuera, en cambio, el demócrata, afrodescendiente, joven ajetreado y presuroso, presentarse sería como ir contracorriente. El partido, que ya domina las dos cámaras, no tendría cabeza para planes diseñados a la medida de Colombia, y, con todo lo que está pasando, sólo Israel puede ser inmune al recorte de la dádiva exterior.
Pero la cuestión de fondo me parece otra. Llegue quien llegue al despacho Oval, Uribe ni puede, ni debe presentarse. Primero, porque no le iría bien con el nuevo inquilino de la Casa Blanca, y esta es una razón geoestratégica; y segundo, porque alguna vez conviene reconocer que, como decía un gran torero español, hay cosas “que no pueden ser y además son imposibles”, que es la razón moral. Si es Obama, ya está dicho; pero si es McCain, contrariamente a esa sabiduría convencional, las cosas no irían mucho mejor porque, aparte de que el republicano ha de separarse tanto cuanto le sea posible de su antecesor, George W. Bush, y ya que no lo puede hacer en Irak o Irán, Colombia le vendría muy a mano, lo que ha ocurrido en Wall Street, hipotecas sub-prime y la implosión del capitalismo asilvestrado, en general, marcan un antes y un después.
Y Uribe pertenece al ‘antes’, al tiempo del presidente peor informado que ha tenido Estados Unidos en toda su historia. Los dos mandatos de Uribe son ya de otra época; la de los déficits exteriores monstruosos; de la unipolaridad o la malograda tentativa de Washington de gobernar en solitario el planeta; de fabricar democracias (Irak) como castillos en el aire, y combatir el narco sin reparar en el consumo que hacen los propios Estados Unidos de la droga; de la inversión fácil y de las comisiones en todas direcciones, sin un Estado que trate de saber lo que está pasando.
Ese tiempo ya no volverá. Los ‘neo-con’ no se van a arremolinar ya en torno a McCain para inducirle hipnóticamente, como hicieron con George W., a desbarrar en Asia, refunfuñar en Europa y hacerse el sordo en África y América Latina, y Uribe es, afortunadamente, demasiado orgulloso para dejarse ver como un pedigüeño ante la verja de la Casa Blanca. El Estado vuelve, siquiera sea en espíritu, o como teoría de la historia, y no va a ser el capital privado, ni la inversión del exterior quienes apuntalen la política de seguridad democrática.
Por respeto intelectual de sí mismo el presidente colombiano ha de asumir que ésta no es su hora, y que los candidatos de noviembre no lo reconocen como una de sus prioridades. Ni debe, ni puede; moralidad y geopolítica; el ‘bushismo’ es un componente esencial del uribismo.
El Polo, entre tanto, no parece que esté por la labor de afianzar el bipartidismo en el país. Y si Uribe no se presentara, por mucho que el Presidente hiciera la imposición de manos al ministro Santos, las elecciones deberían ser enormemente abiertas. Si no concurre el inventor de la seguridad democrática, casi todos pueden ganar. Lucho Garzón, todavía el candidato más verosímil de la oposición, que pasó recientemente unos días en Madrid, se declaraba ajeno al Polo y aunque puede que no le falte razón por lo poco que lo quieren en el partido de la izquierda, se negaba tenaz a atender los ruegos de un amigo que le pedía que no se fuera del partido: “que si lo querían echar, que se atrevieran a hacerlo”.
El ex alcalde de Bogotá resumía en una especie de epigrama su situación política. “A mí no me cayó encima el muro de Berlín, sino que soy yo que le caí al muro”. Y nadie pronunciaba nombre alguno, pero todos sabían a qué senador se refería al hablar de edificaciones que se desploman. Carlos Gaviria, que volaba de Bogotá a Madrid a mediados de septiembre, tenía, sin embargo, su propia versión del derrumbamiento. “Yo me diferencio de Lucho en que él me quiere echar del Polo y yo, en cambio, no quiero que se vaya”. Y Gustavo Petro daba por seguro poco antes en Bogotá que el partido sufriría una escisión entre derecha e izquierda, según uno de los presentes con el propio Petro de candidato social demócrata, y Gaviria, por los irreductibles.
Añadamos a este espeso potaje que el Partido Liberal puede presentar también candidato; ¿y por qué no Rafael Pardo? con lo que ya tenemos montado el escenario para la partenogénesis del espectro político colombiano. Después de mí, el diluvio, puede pensar Álvaro Uribe, y mayormente para destrucción de las ambiciones de sus rivales. Así, la nación, durante cuatro años abandonada, podrá recibirle con mayor añoranza y entusiasmo en 2014; pero sólo si para entonces se haya enterrado la catástrofe que un presidente norteamericano tanto contribuyó a extender por el planeta.
*Columnista de El País de España.