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Sólo Chávez puede suceder a Chávez

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PARA MUCHOS NO CABÍA DUDA SOBRE las intenciones a medio plazo de Hugo Chávez; algunos abrigábamos, sin embargo, la esperanza de que el ejercicio del poder en un país que no había dejado de ser democrático, fuera una experiencia pedagógica; otros, por último, darán por sentado que la verdadera democracia socialista sólo comienza ahora.

El presidente venezolano es posible que no llevara careta alguna, pero cualquiera que sea lo que llevara puesto, hoy, a los 10 años de mandato, se lo ha quitado. Pero ya es imposible negar que, como en el cuento de Andersen, el rey está desnudo.
La insuficiente victoria en las pasadas elecciones a gobernadores y alcaldes sólo ha servido para excitar al líder bolivariano hasta el punto de que exige que para enero se vote de nuevo en referéndum la enmienda constitucional que le permita presentarse indefinidamente a la reelección, y no ya hasta 2021, aniversario de la batalla de Carabobo contra los españoles, como decía en la campaña por la consulta que ya perdió el pasado diciembre, sino 2031 ó 2041, cuando el líder ‘ni siquiera’ habrá cumplido 90 años. Y esta vez no puede permitirse el lujo de ser derrotado, porque sería el fin irreparable de sus pretensiones de inventar en su país, y si se tercia, en toda América Latina, el ‘socialismo del siglo XXI’.

Eso quedó claro cuando en las elecciones a gobernadores cualquier asomo de sucesor, como Diosdado Cabello, que fue derrotado en la disputa por el estado Miranda, se comprobó que no era capaz de transformar el apoyo del líder en victoria en las urnas. Sólo Chávez puede suceder a Chávez, y éste, como Anteo en contacto con la madre tierra, parece cobrar fuerza de los sinsabores, porque nunca habría tenido peor cara su futuro que en este fin de 2008, si no fuera porque pretende modificarlo imponiendo los cambios legales necesarios para convertirse en primer cónsul a repetición de la República. La doctrina subyacente es lapidaria: “No me puedo ir ni que quiera, porque mi vida no me pertenece, pertenece a los venezolanos”.

El crudo local, que había llegado hace unos meses a 132 dólares el barril, la semana pasada se cotizaba a poco más de 40. El presupuesto para 2009 está concebido a 60 dólares; las importaciones anuales —de alimentos en gran parte y de Colombia en parte aún mayor— suponen 40.000 millones; la deuda externa pasa de 60.000 millones; y las reservas son de unos 30.000 millones. Y no es sólo que las cuentas no cuadren, sino que toda la arquitectura de la política exterior chavista, muy específicamente en el Caribe, depende de esa aritmética.

Venezuela tiene desde 2005 un acuerdo con países de América Central y el Caribe, que hoy ya suman 13, entre los que están Nicaragua, Honduras, Guatemala y República Dominicana, por el que si el barril se cotizaba a 100 o más dólares, los agraciados pagaban la mitad en 90 días y el resto lo financiaba Caracas a 25 años con un 1% de interés; es decir, que cuantos más años sin pagar dejara pasar el deudor, más barato resultaría el crudo. Pero esas generosísimas condiciones han perdido todo sentido y, salvo un nuevo enloquecimiento de los precios, algunos de los neo-asociados de Caracas pueden interrogarse sobre la conveniencia de su intimidad con el mecenas bolivariano. El presidente de Honduras, Manuel Zelaya; Álvaro Colom, de Guatemala, y Leonel Fernández, de República Dominicana, son buenos candidatos a esa reconsideración.

Y en esta coyuntura, ciertos gestos de política exterior resuenan algo a hueco, como las maniobras navales celebradas esta semana por buques rusos y venezolanos, siempre en el Caribe. No hay motivo para confundir a Rusia con la Unión Soviética, ni el libre mercado de la geoestrategia con la Guerra Fría. Sin comunismo ante el que encuadrar a la sociedad, cada potencia puede ir a donde quiera y trabajar las alianzas que mejor le plazcan. Excepto trabar amistad con Al Qaeda, casi todo lo demás está permitido. Por ello, ni Moscú está pescando en aguas ideológicas, ni Caracas tiene nada que le interese al nuevo Kremlin que no sea el postín menor de atracar en algún puerto venezolano irritando moderadamente a Estados Unidos.

¿Qué puede interesar al presidente Medvedev del socialismo del siglo que sea, cuando su preocupación principal es convencer al mundo de que él es un liberal de toda la vida? Un sentido más permanente de la visita se reduciría por ello a mostrar cómo la flotilla rusa —un crucero, un destructor y otros buques menores— se pasea por un mar que Estados Unidos ha considerado como propio desde que barrió a la escuadra española de Cervera en 1898, al igual que Washington juguetea con Georgia a las puertas del Cáucaso ruso; porque la escala en La Habana con la visita de cortesía a Fidel Castro no pasa de un reflujo nostálgico. Contrariamente, el estropicio en las cuentas venezolanas hace que la etapa más significativa de la gira haya sido Brasil, con el trato que los dos presidentes, Lula y el ruso, se han concedido mutuamente, de representantes de dos grandes potencias. No en vano Moscú acogerá en 2009 la primera cumbre de países emergentes entre Brasil, Rusia, India y China. Sin Venezuela.

Lo peor está, sin embargo, por venir. Aunque la oposición, en la que figura, más que dirige, Manuel Rosales, alcalde electo de Maracaibo, recuerda a Chávez que, según la Constitución en vigor, no puede haber un segundo referéndum con el mismo objetivo que el primero, el presidente sostiene que son referendos diferentes porque la pregunta sobre su reelección indefinida se formulará de forma apenas gramaticalmente distinta. Chávez está desembarazándose hoy de cualquier escrúpulo democrático y cabe poca duda de que hará lo que sea para ganar el referéndum, probablemente aplicando una táctica de naturaleza profiláctica: amenazar por anticipado a la oposición con todos los males, especialmente si teme que pueda ganar, de manera que el votante tenga que hacer acopio de valor para dar su papeleta al antichavismo, y así el cómputo de los sufragios, a posteriori, pueda ser tan inmaculado como seguro el triunfo del presidente.

A ese fin, Chávez acusa a los electos de la oposición de complotar su asesinato, así como de promover toda clase de desórdenes, para lo que carecen visiblemente, si no de voluntad, sí de los medios necesarios. Venezuela no es una dictadura, porque gran parte de su prensa y algunos medios audiovisuales pueden seguir diciendo lo que quieran, y no son precisamente caritativos con el presidente, pero Hugo Chávez Frías sí tiene ya todas las hechuras de dictador caribeño.

Columnista de El País de España.

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