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Navidad: paganismo moderno

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¡SOBREVIVÍ A LA NAVIDAD 2008! DEbo advertir que este período del año es muy duro para mí. Cuando concluye la Navidad siento un gran alivio. Este es un momento en el que confluyen múltiples presiones que hacen del final del año una verdadera tortura.

En lo laboral, es el cierre de año con todos los problemas derivados de los ajustes contables, la aprobación del presupuesto para el año siguiente y la evaluación de todo aquello que no se pudo realizar. Las proyecciones para el año venidero son un ejercicio lleno de cañazos. ¿O será que alguien sabe cómo se comportará la tasa de cambio, la tasa de interés o la inflación? Es además el momento de la evaluación de desempeño del personal con todas sus presiones y susceptibilidades. Pocos están contentos.

Para quienes somos creyentes, la Navidad significa alegría pues nace aquel cuya vida será un modelo a imitar. Pero estamos en el paganismo moderno. Para muchos la única alegría es la parranda. La Navidad se convirtió en un motivo más para beber y comer en exceso, trasnochar y rumbear. Las novenas son la excusa perfecta para un carnavalito de nueve días de guayabo continuo. ¡Algunos, muy orgullosos, la extienden pues inician el 7 de diciembre con la fiesta de las velitas! Las novenas, en lugar de ser un momento de recogimiento y unidad familiar son el motivo de una pachanga donde los niños juegan un papel marginal y corren riesgos con la pólvora bajo la mirada irresponsable de los mayores.

Y luego está el materialismo que nos consume y domina. La presión por regalar nos asfixia. Hay que ir, en medio de un tráfico endemoniado, a centros comerciales abarrotados para comprar cosas que en muchos casos no son sino compromisos formales derivados de la cultura comercial en la que vivimos. Todos estamos de mal genio pues siempre se nos olvida alguien o es necesario gastar un dineral en el rito de las atenciones navideñas. Sería bueno recordar que la Navidad es una fiesta para los niños y especialmente para aquellos que no tienen recursos. En lugar de compartir con los pobres, regalamos a quienes nada necesitan; los ricos le regalan a los ricos cosas que ya tienen o pueden comprar. Mientras tanto, millones de niños no recibieron regalos y pasaron una triste Navidad. Con una pequeña fracción del dinero que nos gastamos regalándoles a los ricos lo que no necesitan podíamos haber hecho felices a muchos niños. Esta feria de lo material reflejada en los abarrotados árboles de Navidad de los ricos es odiosa y debería cuestionarnos moralmente.

La Navidad debería ser distinta. Es un muy buen momento para reflexionar sobre el año que termina y los proyectos para el que viene. Mejor haríamos en utilizar estas semanas para cambiar nuestras prioridades y dedicarle más tiempo a las cosas importantes como la familia, la reconciliación y el propósito de enmienda. Sería muy provechoso que la Navidad fuese un momento para ser caritativos, pacientes y tolerantes con los demás. Ideal sería si pudiésemos gozar las fiestas en un entorno de verdadera paz interior, rodeados de los que queremos.

Esa Navidad distinta no nos dejaría rendidos, gordos y quebrados. Por el contrario, nos llenaría de esperanza y energía para enfrentar el nuevo año.

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