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NO QUISIERA ESTAR EN LOS ZAPAtos de Barack Obama. Asume la Presidencia de los Estados Unidos en uno de los momentos más difíciles de la historia reciente. El mundo entero tiene los ojos clavados en su administración.
Las expectativas sobre su gestión son inmensas. El mayor reto que tendrá que enfrentar en los primeros meses será la decepción que muchos sentirán al constatar que el nuevo mandatario no tiene la varita mágica que resolverá los problemas domésticos y mundiales.
Obama cuenta con muchas fortalezas. Ha demostrado durante su período de empalme una gran prudencia y buen tino en la selección de su equipo de colaboradores. Prefirió figuras con experiencia en lugar de optar por nombres nuevos sin recorrido. Es la mejor prueba de que es consciente de las enormes dificultades que deberá confrontar. Ha cuidado sus palabras y sus gestos. Controla su equipo de colaboradores y es eficaz evitando las filtraciones de información internas.
Pero su mayor patrimonio es el prestigio nacional e internacional. Su carisma —mezcla interesante de frialdad personal y potencia verbal— cautiva aun a sus opositores. El mundo recibe su administración con la esperanza de un nuevo liderazgo que recupere la debilitada imagen internacional de los Estados Unidos y la capacidad de crecimiento de la economía mundial. Nunca ha sido tan claro aquello de que los EE.UU. son la locomotora de bienestar del planeta. Obama tendrá, como primera y única prioridad, contener los estragos de la actual crisis económica, cuyos efectos han golpeado al mundo entero.
La tarea para el nuevo mandatario no será nada fácil. Cuenta con una amplia mayoría parlamentaria pero curiosamente muy dispersa en el plano ideológico. El Partido Demócrata es una coalición de matices que van desde la izquierda hasta fracciones muy moderadas que están más cercanas al Partido Republicano. Las vertientes más liberales (sindicatos, ONG, ambientalistas, feministas, etc.) esperan aún que Obama defina su agenda de gobierno y presente cambios radicales. Muy seguramente quedarán decepcionados, pues la nueva administración prefiere una opción moderada y centrista que permita limitar los ataques políticos y obtener el máximo de respaldo de la opinión.
A nivel internacional muchos creen que Obama será un anti-Bush. También quedarán decepcionados. Sin duda el nuevo gobierno será más multilateralista, pondrá mayor énfasis en los temas de derechos humanos y evitará recurrir, en la medida de lo posible, al uso de la fuerza. Pero las prioridades estratégicas de los Estados Unidos no sufrirán mayores modificaciones. Los intereses internacionales de una presidencia de Obama no serán radicalmente distintos de los que tuvo Bush. Cambiará el estilo y el lenguaje, pero en el fondo permanecerán enfoques similares.
La obamanía es el mayor riesgo político que enfrentará el nuevo gobierno. Los ciudadanos creen que el nuevo presidente todo lo puede. Los primeros meses serán la prueba de fuego para este hombre que asume el empleo más difícil del planeta. Es el período de la luna de miel que concluye cuando la opinión toma conciencia de que la acción del Estado tiene límites objetivos y que los problemas tardarán tiempo en resolverse.