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LA ÚLTIMA SEMANA DEMUESTRA que en política todo es dinámico. Los escenarios cambian y lo que hoy es cierto, mañana puede ser muy diferente. La aprobación, por la Cámara de Representantes, del proyecto de ley para convocar al referendo que permita una segunda reelección del Jefe del Estado, es una clara demostración de lo inestable que son los procesos políticos. El manejo del proceso ha sido un rosario de errores que deja una lista larga de perdedores.
Hace algunos meses se afirmaba que, con gran habilidad, el Gobierno dejaba planear la duda sobre si estaba interesado en la reelección para mantener el control sobre su mayoría y asegurar la gobernabilidad. Los tenores de la coalición no podían destapar sus aspiraciones mientras el Presidente no indicase con claridad su deseo de presentarse nuevamente. Parecía una jugada maestra de control político. Pero con el transcurrir de los meses, esta estrategia terminó por convertirse en un torniquete contra el Gobierno. Lentamente le fue cortando el oxígeno y restándole margen de maniobra. Al final el Gobierno terminó apelando a sesiones extraordinarias, movilizando toda su capacidad de presión política, corriendo una serie innecesaria de riesgos legales y con una angustiosa mayoría para obtener que la ley fuese aprobada. En este escenario, aunque logró su cometido, perdió el Gobierno, pues dividió su mayoría y ahora tiene en sus manos un texto lleno de dudas legales que muy seguramente generará múltiples demandas en su contra.
También perdieron los aspirantes presidenciales de la mayoría, pues quedaron en el peor de los mundos. El Presidente indicó que está interesado en la reelección y en 2010. Ello implica que quienes no estén dispuestos a postergar sus aspiraciones, deberán alejarse del Gobierno y abrirse un espacio político por fuera del uribismo puro. Si el proceso del referendo prosigue, deberán en algún momento destapar su posición y definir si lo apoyan. Sus posibilidades no son muchas: doblegarse ante la aspiración presidencial o declararse en rebeldía lo que implicaría un debilitamiento electoral de la mayoría presidencial y la pérdida de los beneficios derivados de ser candidato del Gobierno.
Perdió la oposición, pues demostró, una vez más, que no tiene liderazgo, carece de discurso y no tiene la voluntad de asumir riesgos políticos. Lamentables fueron las intervenciones de los miembros del Polo Democrático y del Partido Liberal. Otra vez queda claro que la mayor fortaleza de Uribe es sin duda la miopía y mediocridad de sus opositores.
Otro perdedor es la economía. En este momento, lo que más se necesita es tranquilidad institucional en una coyuntura llena de incertidumbre. Flaco favor se le hace a la economía, que requerirá en el 2009 serenidad para enfrentar un año muy difícil. La ausencia de claridad en la evolución política afecta los procesos de inversión. Las dudas sobre el futuro político del país tienen un efecto negativo sobre la confianza y aumentan la percepción de riesgo de Colombia en el exterior.
La pregunta es si con tantos perdedores el país puede ganar algo. Hoy por hoy todos perdemos. Pero como lo afirmé al inicio de esta columna, en política todo es dinámico.