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El pueblo más feliz

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SAN JOSÉ, COSTA RICA. HMM… ¿creen que sea una coincidencia? Costa Rica es uno de los poquísimos países que ha abolido a su ejército y, discutiblemente, es la nación más feliz sobre la faz de la Tierra.

Existen varias formas de medir la felicidad en los países, todas la cuales son inexactas, pero esta perla de Centroamérica se desempeña magníficamente bien bajo cualquier sistema empleado. Por ejemplo, la Base Mundial de Datos sobre Felicidad, compilada por un sociólogo holandés con base en las respuestas de encuestas por parte de Gallup y otras empresas, pone a Costa Rica en el primerísimo lugar entre 148 países.

Eso se debe a que los costarricenses, cuando les pidieron que calificaran su propio nivel de felicidad del 1 al 10, promediaron 8,5 puntos. Dinamarca le sigue con 8,3, EE.UU. quedó en el número 20, con 7,4 puntos, en tanto Togo y Tanzania se quedan atrás, con 2,6 puntos.

De manera similar, los académicos calculan la felicidad determinando “años de vida feliz”. Esta cifra se extrae a partir de la combinación de la felicidad promedio que el individuo reporte, como se menciona arriba, con la expectativa de vida. Mediante este sistema, Costa Rica vuelve a encabezar la lista fácilmente. Estados Unidos está en el número 19, y Zimbabue queda en el último lugar.

Un tercer enfoque es el “índice del planeta feliz”, concebido por la New Economics Foundation, liberal centro de análisis estratégico. En él se combina la felicidad y la longevidad, pero se hacen ajustes para considerar el impacto ambiental, como el bióxido de carbono que emiten los países.

Una vez más, Costa Rica se lleva las palmas, por lograr satisfacción personal y longevidad de una forma sustentable en términos ambientales. La República Dominicana califica en segundo lugar, Estados Unidos ocupa el puesto 114 (debido a su gigantesca huella ecológica) y Zimbabue queda en último lugar.

Quizá, la satisfacción del costarricense se relaciona de alguna manera con la oportunidad de explorar deslumbrantes playas a ambos lados del país, cuando no está admirando a los perezosos en la selva (los perezosos realmente son perezosos, descubrí; son las tortugas de los árboles). Costa Rica ha obtenido resultados inusualmente buenos en la conservación de la naturaleza, y seguramente es más fácil sentirse feliz cuando se goza al rayo del sol y en la espesura verde que mientras se tiembla en el norte, padeciendo el “desorden de déficit de naturaleza”.

Luego de arrastrar a mi hija de 12 años a través de barrios hondureños y poblados nicaragüenses en este viaje, ella quedó deleitada ante una playa costarricense y un paseo en un parque nacional. Ahora, entre sus animales favoritos están las iguanas y los perezosos.

Lo que vuelve única a Costa Rica es la notable decisión que el país tomó en 1949, cuando disolvió a las Fuerzas Armadas y más bien invirtió en educación. El aumento en la escolaridad creó una sociedad más estable, menos proclive a los conflictos que han estallado en otras partes de Centroamérica. De manera similar, la educación impulsó a la economía, permitiendo que el país se convirtiera en uno de los mayores exportadores de chips informáticos y mejorando sus habilidades en el inglés, con el objetivo de atraer al ecoturismo estadounidense.

Yo no estoy en contra de los militares. Sin embargo, la evidencia es firme en cuanto a que, con frecuencia, la educación constituye una inversión mucho mejor que la artillería.

En Costa Rica, los crecientes niveles de la educación también fomentaron una impresionante igualdad de sexos, por lo cual el país ocupa un puesto más alto que Estados Unidos en el índice de la brecha entre sexos del Foro Mundial de Economía. Esto permite que Costa Rica aproveche a su población femenina de manera más productiva de lo que ocurre realmente en la mayor parte de la región. De la misma forma, la educación fomentó mejoras en el cuidado de salud, al tiempo que la expectativa de vida actual es casi la misma que la de Estados Unidos; un poco más larga en algunas series de datos, un poco más corta en otras.

Además, el aumento en los niveles educativos llevó al país a conservar su frondoso ambiente como un activo económico. Con la introducción de un impuesto al carbono en 1997, Costa Rica es pionera en ecologismo. El Índice de Desempeño Ambiental, colaboración de las universidades de Yale y Columbia, califica a Costa Rica en el número cinco del mundo, el mejor resultado fuera de Europa.

Este énfasis en el ambiente no ha saboteado la economía de Costa Rica sino, más bien, la ha apuntalado. De hecho, Costa Rica es uno de pocos países que registra una inmigración proveniente de Estados Unidos: yanquis mudándose a este país para gozar de un retiro a bajo costo. Tengo la corazonada de que, en 25 años, veremos grandes números de comunidades de angloparlantes a lo largo de la costa costarricense.

Los países latinoamericanos suelen obtener buenos resultados en los sondeos de felicidad. México y Colombia terminaron en lugares más altos que Estados Unidos en lo tocante al nivel de satisfacción personal. Quizás una de las razones esté en el énfasis en la familia y los amigos, en el capital social por encima del capital financiero; sin embargo, también hay que considerar que los mexicanos a veces se cuelan a Estados Unidos, yendo presuntamente en busca tanto de felicidad como de activos.

Las comparaciones de felicidad entre países son polémicas e inciertas. Sin embargo, lo que al parecer sí es bastante claro es que la decisión nacional de Costa Rica, de invertir en educación en vez de armas, ha rendido jugosos dividendos. Quizá la lección para Estados Unidos sea que debería dedicar menos recursos al apuntalamiento de ejércitos extranjeros y más al fomento de escuelas, tanto en el ámbito nacional como en el extranjero.

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Mientras tanto, los animo a que lleven a cabo su propia investigación en Costa Rica, explorando esas magníficas playas o admirando a esos perezosos perezosos. Seguramente les hará felices.

* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer. c.2010 – The New York Times News Service.

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