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MI DOCTOR ME LLAMÓ A COMIENzos del mes pasado, justo cuando estaba terminando una columna en la que señalo que el 41% de los estadounidenses caen enfermos de cáncer.
Esa estadística me parecía tan lejana como una nube de humo en la estratosfera, hasta que mi médico, Gary Raizes, con tacto, empezó a darme la noticia de que tenía un tumor en el riñón derecho.
El resultado fue un torbellino de un largo mes sombrío de consultas y exámenes médicos, así como de ceños fruncidos. Los doctores estuvieron de acuerdo en que las posibilidades de que mi tumor fuera benigno eran del 10%, y 90% de que fuera maligno. No tenía alternativa: era esencial la cirugía.
Mi optimismo innato se tambaleó cuando leí que los índices de supervivencia en un cáncer renal durante cinco años son de menos del 50%.
Hace 10 días, mi operación duró tres horas. Perdí 10% de mi riñón derecho, junto con un tumor de poco más de una pulgada de longitud. Después, me sentí como si me hubiese golpeado un camión, y gané una cicatriz de seis pulgadas que provocó una admiración reticente en mis hijos adolescentes, quienes se impresionan con dificultad.
Y, ¡vaya que sí me sentí afortunado!
La razón principal de que el cáncer renal sea tan mortífero es que es típico que se descubra tardíamente. Al mío lo descubrieron temprano sólo por accidente, a través de una tomografía computarizada, ordenada por otra razón totalmente diferente. Confieso que había estado albergando ideas criminales contra el médico que ordenó la tomografía, Mark Fialk, y me preguntaba si era un ejemplo de exámenes fuera de control; y, ahora, sentía que probablemente Fialk me había salvado la vida.
Sin embargo, también me sentí afortunado en otra forma.
Es algo trillado, pero tan, tan cierto: un roce con la mortalidad resulta ser la mejor forma de apreciar cuán azul es el cielo, lo sensual que se siente el pasto bajo los pies, lo melodiosa que es la voz de los niños. Hasta la de los adolescentes. Un amigo y colega, David E. Sanger, quien conquistó al cáncer hace una década, dice: “No importa lo mal que la estés pasando un día, te dices: los he tenido peores”.
Floyd Norris, un amigo de la sección de negocios de The New York Times, está bajo tratamiento de radiación contra el cáncer después de una cirugía en cara y cuello. Escribió en su blog: “No es divertido, pero ha sido inspirador. En cierto sentido, me siento más feliz con mi vida que en cualquier otro momento que pueda recordar”.
Mi intención no es hablar con gran emoción de las alegrías de los tumores. Sin embargo, quizá la posesión más esquiva sea la de estar satisfechos con lo que se tiene. No hay mejor forma para lograrlo que un vistazo a nuestra mortalidad.
Mi cirujano, Douglas Scherr, dijo que sus pacientes a menudo derivan de la vida una satisfacción adicional después de un diagnóstico de cáncer, y, al menos por un tiempo, se centran más en lo que sienten que es lo más importante; por ejemplo, la familia.
En contraste, ninguno de nosotros quiere esto como epitafio: “Sudó muchos fines de semana en la oficina, sin prestar atención a su familia, pero ganando un bono enorme”.
Como saben los lectores habituales, he escrito a menudo sobre las presuntas relaciones entre químicos y salud. En mi propio caso, no puedo evitar preguntarme si no podría haber alguna conexión también.
Crecí en una granja de ovejas y cerezas en Oregon, y, cuando niño, ayudé a mezclar los pesticidas en el rociador. Los perros de la granja murieron con frecuencia de cáncer y algunos tuvieron quistes renales inusuales, así como deformidades. ¿Los pesticidas para huertos podrían, quizá, tener algún impacto en los riñones? Nadie sabe.
Después de cuatro días en el hospital, pasé una semana en recuperación en la casa después de la cirugía. Cuando terminaba esta columna, finalmente llegó el informe del patólogo sobre mi tumor. Scherr me dijo que resultó ser un oncocitoma, que es benigno. Asombrosamente, contra todo pronóstico y expectativa, después de todo, no tuve cáncer. Mi esposa me dice que ya no siente pena por mí, y yo estoy radiante.
Así que hoy tengo una cicatriz impresionante, un poco menos de un riñón, un fuerte dolor abdominal y muchísimo más aprecio por la gloria de la vida.
Mi esperanza es que cuando usted deje de leer esta columna, piense en lo que puede hacer para reducir el riesgo de una ominosa llamada del médico como la mía del mes pasado:
Deje de fumar y evite ser un fumador pasivo. Use mucho bloqueador solar y no vaya a los salones para broncearse. Trate de no comer carnes carbonizadas. Revise que no tenga protuberancias, cambios o irregularidades, ya sea en los pechos, testículos o piel, y consulte a un médico si tiene dudas. Trate de usar recipientes de vidrio o cerámica, en lugar de plástico, para el microondas. Tire los recipientes para comida de plástico marcados con 3, 6 o 7 en la parte inferior (a menos que digan: “sin BPA”). Compre un detector de radón para revisar los niveles de este elemento en toda la casa.
Y, créanme, nunca es demasiado temprano —cáncer o no cáncer— para empezar a apreciar nuestro mundo maravilloso, en lugar de despreciar sus imperfecciones.
* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer en comentario de opinión.