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Muchacho de granja reflexiona sobre derechos animales

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EN UN MUNDO DONDE LOS DEREchos animales están ganando terreno, la temporada de barbacoas debería hacerme sentir culpable. Mi corazonada es que en un siglo o dos, nuestros descendientes mirarán nuestras granjas industriales con una repulsión marcada por la incomprensión. Pero, en el ínterin, me encanta una buena hamburguesa.

Lo anterior sale a colación porque la elección de mayor importancia que se haya oído es en noviembre, en un referendo sobre los derechos animales en California, el estado a la vanguardia en movimientos sociales. La Propuesta 2 prohibiría que las granjas criaran gallinas, becerros o cerdos en pequeños corrales o jaulas.

Los derechos del ganado ya fueron consagrados en la ley de Florida, Arizona, Colorado y aquí en Oregón, pero el referendo de California iría más lejos y constituiría un importante avance del movimiento por los derechos animales. Además, forma parte de una tendencia mayor. Burguer King anunció el año pasado que le daría preferencia a los proveedores que mejor trato prodigaran a sus animales, y cuando un imperio de hamburguesas emite expresiones tiernas acerca de las condiciones del ganado en vida, sabemos que las actitudes están cambiando.

La Facultad de Leyes de Harvard ofrece un curso sobre derechos animales. El Parlamento de España ya dio un primer paso hacia el otorgamiento de derechos a los simios, al tiempo que activistas austriacos están promoviendo una campaña enfocada a declarar como persona a un chimpancé. Entre filósofos ha surgido una sofisticada literatura sobre los derechos animales.

Yo soy un muchachito granjero que creció en las colinas de las inmediaciones de Yamill, Oregón, criando ovejas para mis proyectos FFA y 4-H. En diversos momentos, mi familia también crió un número modesto de cerdos, ganado, cabras, gallinas y gansos, aunque los animales nunca estuvieron en confinamientos pequeños.

Nuestro ganado, ovejas, gallinas y cabras ciertamente tenían personalidades individuales, pero no eran tan interesantes como para molestarme de que ellos pudieran terminar en un asado. Los cerdos eran los más perturbadores debido a sus inolvidables personalidades y clara inteligencia. Hasta este día, cuando como gustosamente una chuleta de cerdo, siempre tengo la sensación de que es mi igual en términos intelectuales.

Después estaban los gansos, las criaturas más admirables que haya conocido. Nosotros criábamos gansos blancos de China, una raza común, y ellos tienen personalidades diferentes. Se unen de por vida y se ciñen a valores familiares que avergonzarían a la mayoría de quienes se los comen en la cena.

Mientras una de nuestras gansas estaba empollando sus huevos, su macho salía en busca de alimento; y si encontraba una delicadeza, regresaba corriendo para dársela a su pareja. A veces, yo les ofrecía a los machos un plato de maíz para engordarlos, pero era imposible, ya que ellos se lo llevaban todo a casa, con sus verdaderos amores.

Aproximadamente una vez al mes solíamos matar a los gansos. Cuando yo tenía 10 años de edad era mi deber encerrar a los gansos en el granero y después correr a coger uno. Después, lo sacaba de ahí y le sostenía de las alas sobre la tabla de picar, mientras mi padre o alguien más asestaba el golpe con el hacha.

Los 150 gansos sabían que algo horroroso estaba ocurriendo y se apiñaban en un rincón distante del granero, corriendo aterrados a medida que yo me aproximaba. Después, tomaba otro y me lo llevaba mientras chillaba y luchaba en mis brazos.

Con mucha frecuencia, un ganso se apartaría valientemente de la aterrada parvada y caminaría temblando hacia mí. Era la pareja del animal que yo hubiera tomado antes, macho o hembra, y se paraba justo a mi lado, protestando lastimeramente. El animal estaba aterrado a muerte, pero, incluso así, decidido a pararse junto a su amante y consolarlo.

Con el tiempo quedamos tan impresionados con nuestros gansos —prácticamente se habían convertido en nuestros amigos— que regalamos los restantes a un parque local. (Para mala fortuna, algún ladrón emprendedor se aprovechó de su carácter amigable y los secuestró a todos … justo antes del próximo Día de Gracias).

Así que sí, yo como carne (incluso, con cierta duda, ganso). No obstante, marco el límite en animales que son criados bajo condiciones de crueldad. La ley castiga a los adolescentes que atan y abusan de un gato callejero. ¿Entonces, por qué se permite a los industrialistas tener granjas-fábrica que mantienen a los cerdos durante casi toda su vida dentro de diminutos corrales que apenas son mayores al tamaño de los animales?

Es sumamente difícil definir qué es crueldad, por supuesto. Sin embargo, la colocación de cerdos o becerros en corrales tan pequeños que no pueden darse la vuelta, todo parece indicarlo, cruza ese límite.

En términos más amplios, la oleada de la historia está avanzando hacia la protección de los derechos animales, al tiempo que las brutales condiciones en que actualmente son criados a veces, con el tiempo, terminarán siendo prohibidas. Algún día, incluso el vegetarianismo pudiera ser la norma.

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Quizá parezca sentimentalismo soso, así como hipocresía, una defensa por los derechos animales, en particular cuando yo disfruto comiendo a estos mismos animales. No obstante, mi opinión fue moldeada por esos días de mi infancia en el granero, correteando a los gansos que gradualmente llegué a admirar.

Así que disfrutaré las barbacoas de este verano, pero también sabré que cada hamburguesa tiene una historia atrás, y que cada lata de paté de hígado de ganso podría contar su propio y rico cuento de amor y lealtad.

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* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.c.2008 – The New York Times News Service.

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