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Refuercen una norma en Siria

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Todo parece indicar que estaremos disparando misiles crucero Tomahawk a Siria en los próximos días, mientras detractores sacan a colación inquietudes legítimas:

El presidente Bashar al Asad podría escalar el conflicto. Hizbolá podría aplicar represalias en contra de objetivos occidentales. Nuestros misiles podrían matar civiles. Seremos dueños de una guerra civil en un país estropeado. Nos distraeremos de la formación de una nación en el ámbito interno. Un par de días de ataques con misiles sólo ofrecerán una palmada en la muñeca que anuncie nuestra impotencia.

Hay algo de verdad en todo eso, pero también necesitamos reconocer algo fundamental: la política del presidente Barack Obama hacia Siria ha fallado, y es momento de probar un enfoque más duro.

Se dijo que Obama rechazó una propuesta de Hillary Rodham Clinton y David Petraeus para armar rebeldes en Siria, debido a que temía resultar arrastrado al conflicto. Ahora estamos siendo arrastrados de cualquier forma, y todo lo que nos preocupaba ha llegado a pasar: la guerra se ha extendido y ha desestabilizado a Líbano, Jordania, Irak y Turquía. Los rebeldes del frente Nusra de línea dura han ganado fuerza, en parte debido a que hemos desdeñado a los moderados. El ejército sirio ha ganado terreno. La prolongada guerra ha profundizado odios sectarios que dificultarán más que nunca darle forma a Siria nuevamente.

Más de 100.000 sirios han sido asesinados. Al paso que se han acelerado los asesinatos, para cuando Obama termine su período Siria podría incluso acercarse a una cifra de muertes como la de Ruanda.

Tiendo a mostrar desconfianza hacia la caja de herramientas militar y me opuse con firmeza a la guerra en Irak y el “repunte” en Afganistán. Pero en combinación con la diplomacia, la fuerza militar puede salvar vidas. Vimos eso en Bosnia y Kosovo bajo Bill Clinton (quien al parecer favorece un enfoque estadounidense de mayor fuerza en Siria), y vimos eso apenas este año en Malí.

El problema es que compromisos excesivos en Afganistán e Irak nos han dejado con un SEPT (síndrome de estrés postraumático) en toda la sociedad, de forma que desconfiamos de comprometernos en Siria en lo más mínimo. Es fácil entender la pasividad de Obama: sólo una quinta parte de la población estadounidense está a favor de que se arme a los rebeldes.

Pero cuando estuve por última vez en Siria, en noviembre, conocí a una abuela que ya había perdido a su marido, su hijo y su nuera a manos del régimen de Al Asad. Vivía en su quinto hogar ese año, una casa de campaña con filtraciones, preguntándose quién sería el siguiente en morir y, como todos, desesperada por el apoyo internacional. “Pedimos la ayuda de Dios para ponerle fin a esto, y la de Obama”, dijo.

¿Qué le decimos? ¿Que no tenemos las agallas para ayudarla? ¿Que preferiríamos esperar hasta que todos sus nietos hayan muerto y la cifra de muertes haya ascendido a cientos de miles y nos haya avergonzado para emprender acciones más firmes?

Cierto, existe una cuestión legítima con respecto a si un día o dos de ataques con misiles en contra de Siria (al parecer, el escenario más probable) disuadirán a Al Asad de usar de nuevo las armas químicas. No podemos tener la certeza, pero en lo personal me parece plausible.

Las armas químicas son apenas de uso marginal, simplemente una forma más de aterrorizar y desmoralizar a los oponentes. Al Asad ha calibrado cuidadosamente sus acciones a lo largo de los últimos años, poniendo a prueba la respuesta interna e internacional antes de intensificar los ataques.

Al principio, sólo arrestaba a los que protestaban. Después, sus fuerzas empezaron a dispararles. Más tarde, sus soldados barrieron con barrios hostiles. Y después de eso, el ejército sirio empezó a disparar cohetes y morteros a posiciones rebeldes. Al Asad pasó en lo sucesivo a bombardeos indiscriminados. Entonces su ejército, al parecer, usó armas químicas en pequeños ataques. Finalmente, todo parece indicar que su ejército ha emprendido un considerable ataque con gas neurotóxico.

Nos hemos dormido sobre los laureles.

Yo creo que hay cierta esperanza en que la destrucción de aeronaves militares o cuarteles generales de inteligencia pueda persuadir a Al Asad de que las armas químicas no valen lo que cuestan y que le va mejor empleando formas más banales de masacrar a su pueblo. Eso no es satisfactorio, pero aún así sería un mensaje útil a otros líderes. Reforzaría la norma internacional en contra de las armas de destrucción masiva.

¿Les estamos dando demasiada importancia a las armas químicas? Probablemente menos del uno por ciento de quienes fueron asesinados en Siria han muerto por ataques con gas neurotóxico. En Siria, una de las principales armas de destrucción ha sido el rifle AK-47.

Sin embargo, hay valor en apuntalar normas internacionales en contra de una conducta atroz como el genocidio o el uso de armas químicas. Desde que Obama estableció una “línea roja” con respecto al uso de las armas químicas, su credibilidad ha estado en juego: ya no puede meramente gimotear y dar marcha atrás.

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Miren: Siria va a ser un caos, sin consideración a lo que hagamos. El momento ideal para intervenir apoyando a rebeldes moderados y lograr un rápido final para la guerra podría haber pasado. Pero si el próximo choque nos da una oportunidad de hacer más por armar a ciertos grupos rebeldes o compartir datos de inteligencia con ellos, aún valdría la pena; todo al tiempo que se respalda la idea de un arreglo negociado.

Pese a los riesgos de hipocresía e ineficacia, es mejor hacer frente de manera inconsistente a algunas atrocidades que mostrar aquiescencia de manera consistente a todas.

* Columnista de The New York Times.

Facebook.com/Kristof

@NickKristof

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