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Salven a los peces gordos

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AL COMIENZO DE LOS AÑOS 90, cuando yo era un corresponsal del exterior y estaba en pos de mi asignación al otro lado del mundo publicando con el Times, busqué Japón. En esa época, Tokio era un titán económico que asombraba y, discutiblemente, era la capital de mayor importancia fuera de Estados Unidos.

Después, políticos japoneses, actuando con la misma ineptitud sublime que mostró nuestra Cámara de Representantes en esta semana, hicieron caso omiso a una crisis bancaria y se demoraron en lo tocante a un rescate. Y así fue como desde Tokio, vi atentamente cómo una poderosa economía se derretía como un tímpano de hielo en el Caribe.

El fracaso de Japón para responder de manera urgente y decisiva a su caos bancario ocasionó que el país pasara por una “década perdida” de estancamiento económico. Si Estados Unidos desea evitar la declinación japonesa, la Cámara hace bien en aprobar un rescate.

Justamente como en Estados Unidos hoy día, la mayoría de los japoneses al principio no apreció la fuerza destructora que podría tener una crisis bancaria para la economía real. Bancos y magnates de los bienes raíces en Japón eran figuras corruptas, disolutas y carentes de simpatía, y nadie deseaba ayudarles. En cuentas de gastos corporativas, ellos incluían el café con hoja de oro que bebían y eran clientes de restaurantes “sin ropa interior shabuy-shabu”, los mismos que tenían pisos de espejo y meseras con minifaldas.

En resumen, los empresarios involucrados eran unos idiotas. Y ya sea en Japón o en Estados Unidos, para los políticos resulta difícil enmarcar un rescate con el lema: ¡Salven a los idiotas!

Políticos japoneses no quisieron salir al rescate de peces gordos tan impopulares y no vieron emergencia alguna. Así que la economía de Japón fue perdiendo impulso poco a poco, y los mayores perdedores fueron los pequeños fabricantes de futones que no pudieron obtener créditos y los agricultores en remotas islas que perdieron el servicio del transbordador cuando el gobierno, con el tiempo, tuvo que reducir los gastos.

Para aquellos de ustedes acostumbrados a mercados especuladores, quienes piensan que seguramente saldremos rápidamente de ésta, recuerden lo siguiente: el índice accionario de Japón sigue equivaliendo a menos de un tercio de su nivel registrado hace 19 años.

En 1993, luego que las acciones japonesas hubieran caído a lo largo de varios años, un amigo estadounidense me dijo que él invertiría en acciones japonesas. “Yo no sé qué harán en los próximos dos años”, dijo, “pero todos sabemos que en un plazo de cinco años, ellos se habrán recuperado y estarán mejor que las acciones estadounidenses”. Desde entonces, las acciones japonesas han perdido otro 40% de su valor.

El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, es un experto en la Década Perdida de Japón, y el presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Timothy Geithnere, vivió en Tokio durante la debacle. La lección de Japón es muy clara: Tápense la nariz y apoyen un rescate, en particular con miras a limpiar activos bancarios.

Habiendo dicho todo lo anterior, los detractores del rescate tienen razón de sentirse furiosos. Es profundamente injusto que las familias de clase trabajadora en Estados Unidos pierdan sus hogares, sus empleos y sus ahorros, mientras la plutocracia que dio origen al problema es la que termina siendo rescatada.

Si los detractores del rescate en el Congreso estadounidense quieren hacer un bien perdurable, ellos deberían regresar en enero con una serie de estrictas medidas enfocadas a mejorar la normatividad e inyectarle más equidad a la economía.

Un punto de partida sería la eliminación de subsidios fiscales en sueldos de ejecutivos y permitirles a los tribunales que reestructuren hipotecas como lo hacen con otros tipos de deudas. El Instituto de Estudios Estratégicos en Washington estima que el contribuyente fiscal de Estados Unidos proporciona cada año más de 20.000 millones de dólares en subsidios fiscales para sueldos o pagos de ejecutivos.

Entre los detractores más fuertes de las infladas compensaciones ejecutivas están Warren Buffet y el difunto gurú de la administración, Peter Drucker, quien argumentó que los salarios de directores ejecutivos no debería ser mayor a 20 ó 25 veces en comparación con los del trabajador promedio. (El año pasado, los directores ejecutivos obtuvieron en promedio 344 veces el salario del típico trabajador).

La verdad es que, en complicidad con los consejos directivos, los directores ejecutivos o CEOs secuestran riqueza del accionista en formas que son inescrupulosas. Como informó el The Wall Street Journal en junio, si Eugene Isenberg, el director ejecutivo de 78 años de edad de Nabor Industries llegara a caer muerto uno de estos días, su propiedad tendría derecho a un “pago de liquidación” de cuando menos 263 millones de dólares, lo cual equivale a una suma mayor a los ingresos del primer trimestre de la empresa.

Con este grado de codicia rebosando de la sala corporativa, y al tiempo que las empresas financieras gozan de la confianza de tan sólo 10% de los estadounidenses hoy día (por debajo de 36% en el 2000), no causa sorpresa que a los electores les repugne la idea de ayudarles a los bancos. Wall Street necesita con urgencia acometer su propia limpieza interna, ya que la repulsión popular socava sus intereses en el largo plazo.

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Sin embargo, por ahora, la prioridad está en lograr que el crédito fluya nuevamente en las arterias del comercio, incluso si eso significa salvar a los idiotas. De lo contrario (los estadounidenses) corremos el riesgo de convertirnos en Japón.

* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer. c.2008 – The New York Times News Service.

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