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EN LAS CONSECUENCIAS DEL MAYOR terremoto de la provincia de Sichuan,
hemos tenido un atisbo de esperanza al futuro de China: una nación más
abierta y con mayor confianza, y quizá —sólo quizá— el nacimiento de
las bases populares de la política aquí.
Al estar viajando por China en los días posteriores al sismo, quedé impactado ante cómo la opinión pública y los medios noticiosos aprovecharon la iniciativa por parte del gobierno. Chinos ordinarios viajaron a la zona del terremoto a fin de ayudar en la remoción de escombros, al tiempo que magnates, campesinos e incluso niños buscan dentro de sus bolsillos para hacerles una donación a las víctimas.
"Yo doné 500 yuanes”, o aproximadamente 72 dólares, me dijo un hombre en la ciudad occidental de Urumqi. “Ochenta por ciento de la gente en mi unidad de trabajo hizo donaciones. Todos quieren ayudar”.
Las donaciones de particulares en China ya aumentaron a más de 500 millones de dólares. Este tipo de espíritu popular, en todos los niveles sociales, es una marca distintiva de los ciudadanos, no de los súbditos.
Inmediatamente después del temblor, el Departamento de Propaganda prohibió instintivamente a organizaciones noticiosas que viajaran a la zona del desastre. No obstante, muchos periodistas chinos no prestaron atención a la orden y se dirigieron a Chengdu a toda prisa y la orden fue rescindida al día siguiente. Marcador inicial: Departamento de Propaganda, 0; Medios Noticiosos, 1.
Desde esos días, las autoridades ya se las ingeniaron para contener nuevamente a los medios de comunicación, y el Departamento de Propaganda les está ordenando a las organizaciones noticiosas que informen sobre lo maravillosos que son los esfuerzos de ayuda. Pero, en su lugar, muchos periodistas chinos se esfuerzan arduamente por investigar casos de corrupción y las razones por las que muchas escuelas se vinieron abajo y no así las oficinas gubernamentales. El marcador final dependerá de si se publican o no esas historias.
Observadores han debatido desde hace ya largo tiempo con respecto a si el país está evolucionando o no hacia mayor libertad y pluralismo. Algunos, yo mismo incluido, creen que así es. Nosotros vemos a China siguiendo lentamente la trayectoria de Corea del Sur, Indonesia, Mongolia y otros países vecinos, en un distanciamiento del autoritarismo. Vemos la Perestroika conduciendo hacia el glasnost.
Con franqueza, la evidencia ha sido mixta, y los escépticos hacen bien en notar que los disidentes aún tienen mayores probabilidades de terminar en la cárcel que en el noticiario. Pero, en un balance, el sismo nos brinda esperanza a nosotros, los optimistas.
China pudiera alegar su marxismo-leninismo, pero en verdad es “merca-leninista”. El aumento de la riqueza, de una clase media, de la educación y los contactos internacionales están socavando lentamente el mandato unipartidista y fomentando un nuevo tipo de política.
El primer ministro chino, Wen Jiabao, trabaja duro y cuenta con la bendición de una memoria casi fotográfica, aunque probablemente sea la segunda persona más aburrida del mundo (después de su jefe, el presidente Hu Jintao). Tanto Hu como Wen ascendieron por el sistema como los clásicos apparatchiks comunistas Brezhnevs con rostros chinos.
Empero, Wen ha visto los cambios del panorama político y ha luchado en años recientes por reinventarse. Cuando el terremoto hizo sentir su fuerza, Wen voló de inmediato a la zona del desastre y aparecía por televisión de manera constante, supervisando operaciones de rescate.
Se filtraron heroicos segmentos. Wen cayó y se cortó, pero rechazó la atención médica. Gritó indicaciones a generales por el teléfono y después azotaba el auricular al colgarlo. Les gritaba a los niños sepultados en una pila de escombros: “Este es el Abuelo Wen Jiabao. ¡Niños, tienen que resistir!”.
La conducta de Wen causa asombro debido a que esperamos eso de los políticos, no de los dictadores. Su objetivo consistía en transmitir la imagen del “buen emperador”, no en ganar unas elecciones. No obstante, se presume que su conducta tiene origen, en parte, en que él sentía el intenso calor de la opinión pública sobre su cuello.
China tiene actualmente 75 millones de blogs o diarios en línea, los mismos que con frecuencia incluyen críticas al gobierno, así como decenas de miles de protestas ciudadanas cada año. La policía de China anunció que había castigado a 17 “promotores de rumores” sobre el terremoto la semana pasada, con penas de hasta 15 días en cárcel. Con todo, la represión no es lo que solía ser, y los disidentes actualmente revelan menos temor al gobierno del que éste les tiene a ellos.
En la década de los 80, los integrantes de la línea dura en China denunciaron con ferocidad la “heping yanbian”; esto es, la “evolución pacífica” hacia el capitalismo y la democracia. A la línea dura le preocupaba que si los ciudadanos tenían la decisión para elegir su ropa, sus empleos, viviendas y programas de televisión, quizá también querrían participar en la elección de la política nacional. El sismo pudiera ser recordado como un hito en esa pacífica evolución. Tengo la corazonada de que el Partido Comunista está avanzando lentamente en esa dirección, a lo largo de 10 a 20 años, relativa a convertirse en un Partido Social Democrático que domina el país pero que, a regañadientes, permita victorias de la oposición y una prensa libre.
Hoy día, China me recuerda a Taiwán cuando yo solía vivir allá, a finales de los 80, cuando el gobierno aún intentaba ser dictatorial, pero sencillamente no podía salirse con la suya. Ya infundía suficiente miedo.
En esos días, los apparatchiks más inteligentes de Taiwán, como un joven funcionario educado en Harvard, de nombre Ma Ying-jeou, atisbaron al futuro y empezaron a reinventarse como políticos democráticos. El epílogo: Ma asumió el cargo esta semana como el presidente recién electo de un Taiwán democrático.
(*) Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer, el último en 2006.