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Pocos escritores nos advirtieron tanto sobre las trampas éticas inherentes a la guerra vista a través de imágenes como Susan Sontag. En su colección de ensayos de finales de los 70 sobre la fotografía, “la forma más irresistible de contaminación visual”, predijo el consumismo estético al que nos hemos vuelto adictos. Si no hay foto, no hubo experiencia. También ahondó Sontag en la capacidad de este medio para engañar, para tornarse propagandístico.
Mirar el dolor de los demás fue una de las actividades que mejor problematizó en uno de sus libros, publicado en 2003. “Las fotografías de una atrocidad pueden dar lugar a respuestas opuestas”, escribió. “Un llamado a la paz; un grito de venganza”. Sontag se debatió también sobre si exponernos a la violencia a través de imágenes sirve de algo para incitar empatía o si por el contrario es puro voyerismo morboso que lleva, además, a una fatiga de la compasión. Vale decir, la sobreexposición al trauma y la naturalización de la violencia que le sigue.
Las preguntas siguen siendo vigentes, pero el mundo al que dedicó su obra Sontag ya es prehistoria. La escritora murió en el 2004, el mismo año en que fue lanzado Facebook. Twitter apareció en el 2006 e Instagram en el 2010. TikTok, por donde circulan videos de la guerra entre Hamás e Israel (que ya parece de Israel contra Palestina), surge en el 2016. Las redes sociales y los celulares con cámaras no fueron parte de lo teorizado por Sontag.
Y qué falta nos hacen sus luces (ante la imagen de un niño palestino en shock tras una bomba, una aplicación ofrece darle clic a un corazón, unas manitos que aplauden, una llamarada de fuego, una lágrima, una cara de sorpresa u otra de carcajada).
De las redes sociales saltamos ya a otra revolución. La empresa de software Adobe fue sorprendida vendiendo imágenes falsas de la guerra. Ahora entramos en la era de la inteligencia artificial.