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El show de la política

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La política es el arte de conducir a las comunidades y la actividad que busca mediante el poder construir un orden de convivencia libre, aceptado por quienes lo conforman.

Su ejercicio requiere de personas que se dediquen de manera desprendida, de forma exclusiva, a la lucha por el poder con el propósito de ponerlo al servicio del bien común.

Sin embargo, en Colombia estamos cada día más acostumbrándonos a presenciar el show de la política, aquella actividad que ha convertido en espectáculo el ejercicio del poder. Los individuos no creen ya en los políticos porque los han engañado muchas veces y los consideran hábiles manipuladores de sus conciudadanos, a quienes utilizan para sacar provecho. Vivimos en ciudades devastadas por la corrupción y por la controversia política sin rumbo. Pululan los ciudadanos que perdieron la esperanza de vivir en un lugar mejor y siguen esperando, como desde sus primeros años, oportunidades para acceder a servicios públicos, atención en salud, educación y sistemas dignos de transporte urbano. La eficacia de la política cada día se pone en entredicho por su incapacidad para transformar las realidades.

El show de la política y la utilización del poder sin rumbo se vive en Bogotá tal vez como en ningún otro lado de la geografía nacional. Los bogotanos vivimos en un entorno hostil que cada día se deteriora más por la incompetencia de sus gobernantes. Mientras el alcalde mayor hace real la frase de Woody Allen según la cual el político profesional tiene por vocación hacer de cada solución un problema, la ciudad se hunde en un mar de dificultades en donde se crean complicaciones inexistentes y se elude irresponsablemente la obligación de atender las demandas más urgentes. Por razones ideológicas, se suprimen los aciertos en políticas públicas del pasado y el gobierno, en trance de revocatoria, no es capaz de aprobar ninguna norma relevante en el Concejo porque su manejo político también es deplorable. La política local es sólo show y publicidad, como si con trinos y pasquines oficiales se construyeran vías, colegios o alguno de los mil jardines infantiles prometidos en campaña. No hay una sola obra relevante en marcha. La ciudad no crea empleo ni se articula con la región. El gobierno distrital pelea con el gobierno nacional, con el Concejo, con los tenderos, con los comerciantes, con los transportadores, con Transmilenio y hasta con sus propios funcionarios, que permanecen en sus cargos lo que se demoran en entender cómo funciona su despacho. La acción de gobierno se reduce a planear titulares y a expedir “normas revolucionarias” que no tiene la capacidad para implementar. Así, dando tumbos como borracho a la madrugada, el gobierno distrital desde hace casi una década apela a la ideología o a la lucha de clases para disfrazar el fracaso en la ejecución de sus ideas.

La gente tiene argumentos de sobra para huirle a la política en Bogotá, pero al mismo tiempo tiene la responsabilidad indelegable de participar en ella para terminar esta nueva función del show político que nos oprime. Ojalá más temprano que tarde los bogotanos entiendan que, por más hastiados que estén de la política, a los malos políticos los terminan eligiendo los buenos ciudadanos que no salen a votar.

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