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PARTICIPAR EN LA ACCIÓN POLÍ-tica significa tomar partido y entregarse apasionadamente a una causa. Argumentar, debatir, defender, enmendar y tomar decisiones de acuerdo con las propias convicciones.
En su ejercicio, uno se juega con todo y pone en riesgo su autoestima y su amor propio, su familia y en algunos casos su estabilidad económica. Por esa razón no es fácil mantener siempre la cordura ni lograr construir la distancia necesaria para obrar con tranquilidad y perspectiva. Las obras de gobierno, las manifestaciones públicas y las realizaciones son para el político lo que los cuadros son para el pintor o las obrar literarias para el escritor. Pero la política lamentablemente no pone a prueba la coherencia de las personas y muchas veces ni siquiera contempla la importancia de obrar de acuerdo con aquello que consideramos moralmente bueno y aceptable. En el ejercicio político no es aceptable la máxima cristiana que pretende que el individuo obre bien y deje con fe y convicción el resultado en manos de Dios. Por el contrario, en la política de verdad se impone, nos guste o no, como lo recuerda Weber, hace casi 100 años, lo que él llama la ética de la responsabilidad, aquella que obliga al político a tener en cuenta la consecuencia de sus actos. Obrar bien no basta, diría uno, los resultados tienen que ser los adecuados. Y los resultados, consecuencia de los actos del político, importan bastante en el ejercicio de lo público. Sobre todo para aliviar las dificultades de los ciudadanos, que requieren empleo, oportunidades, salud, infraestructura, seguridad, y no sólo buenas razones o buenas intenciones de quienes los gobiernan. Si la gente buscara tranquilidad espiritual el día de las elecciones, iría a la iglesia y no a las urnas.
Lo ideal sin duda sería que el político pudiese actuar con apego tanto a la ética de la convicción como a la ética de la responsabilidad, o lo que ello significa: comportarse moralmente bien y obtener los resultados adecuados. Lamentablemente ello no siempre es posible.
Yo creo con sinceridad, y lo digo con respeto, que el Partido Verde está atrapado en este dilema ético primario. Convirtió un discurso contra la corrupción en un postulado de fe y desde las elecciones presidenciales algunos de sus líderes y seguidores olvidan que el mundo no es unánime en torno a sus ideas, pero sobre todo, que el mundo es como es y no como ellos quieren que sea. No se dan cuenta de que se convierten en fundamentalistas morales (o en el mejor caso en guías espirituales de la sociedad) y no en actores políticos con posibilidades electorales, que es precisamente el escenario en el que aspiran a actuar y participar. Viven juzgando la moral de todo el mundo, cuestionando comportamientos y olvidando que los actores políticos deben también hacerse responsables de las consecuencias de sus actos, no sólo de la naturaleza de los mismos.
No es fácil decir esto, pero que no nos guste, no quiere decir que no sea cierto. En política a veces se requiere hacer pactos con el diablo, y como dice Weber, quien no sea capaz de hacerlos no tiene vocación para la política.
Twitter: @NicolasUribe