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Los gringos

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Trump y Clinton han hecho de esta campaña presidencial tal vez una de las más polarizadas contiendas electorales de todos los tiempos en los Estados Unidos. Ha pasado algo más de un año desde que arrancaron las primarias y faltan ahora tan sólo tres meses intensos para que los norteamericanos tomen la decisión final y elijan al sucesor de Obama.

Algunos analistas han hecho ya múltiples interpretaciones sobre las potenciales consecuencias para Estados Unidos y para el mundo, en caso de que resulte victorioso uno u otro candidato. Sin embargo, más allá de las propuestas de sus candidatos, sus frases incendiarias, las trampitas y sus insultos, lo que particularmente me ha llamado la atención es el desarrollo de un proceso electoral que deja muchas enseñanzas. Por ejemplo, hay que sacar los aprendizajes que corresponden de la paradójica situación de Obama, quien presidirá la disputa electoral entre un outsider populista que nace del malestar generalizado que tiene la ciudadanía frente a la política y una mujer que representa mejor que nadie al establishment político, el mismo que el propio Obama prometió derrumbar con su llegada a la oficina oval.

Es envidiable ver el vigor de los partidos políticos norteamericanos y su formidable organización de base. Sus cuadros representan cerca del 50 % de la votación total que se deposita en las elecciones y el proceso de selección del candidato que los representa es abierto y público: Hillary derrotó cinco competidores y Trump sacó a 11 aspirantes del camino. Los resultados de las primarias son imposibles de arreglar y la nominación se disputa voto a voto en lo que los gringos llaman “town hall meetings”. Si todo esto fuera una farsa, Obama nunca habría sido presidente y otro Bush seguramente estaría aspirando hoy a la Casa Blanca. Esto tiene que ver con que allá los partidos son organizaciones en acción política constante y no máquinas electorales que sólo se activan en campaña. Son fábricas de ideas, expuestas además magistralmente, tal como lo hizo Obama el miércoles en su convención. Y con todo y la mugrosa polvareda levantada por las acusaciones de los candidatos, resulta fácil para el elector comprender la identidad política de cada partido y entender con sencillez las ideas que orientarán su acción política. A pesar de los matices, las diferencias que distancian a demócratas y republicanos permiten que la gente sepa por qué vota y quién representa mejor sus sentimientos.

En la elección gringa, el despliegue mediático, la puesta en escena de los debates, las correrías y las convenciones permiten a los ciudadanos elegir con información y obligan a los políticos a ser responsables con sus electores, que castigan sin clemencia la infidelidad política. Y también se hace evidente que las instituciones norteamericanas son más relevantes que sus presidentes, y por tanto resulta poco probable que los escenarios apocalípticos que algunos anticipan sobre la elección efectivamente se concreten.

En todo caso, el proceso electoral es un termómetro de los sentimientos de un pueblo y una muestra adicional de la solidez de una democracia, que, con todo y sus problemas, nos lleva años luz de madurez y evolución en el funcionamiento de sus instituciones políticas.

@NicolasUribe

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