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En nuestro entorno cada día resulta más difícil encontrar personas que consagren su existencia a servir a los demás.
Y por ello, raya con la suerte la posibilidad de toparse por la vida con quienes tienen la capacidad y la fortuna de hacer de sus creaciones no sólo algo maravilloso mientras viven, sino lo suficientemente fuertes como para que se prolonguen más allá de su existencia física, en una muestra extraordinaria de capacidad, competencia y sobre todo de institucionalización de la bondad. Este es sin duda el caso de Mercedes Pineda de Martínez, fundadora de la Fundación para la Asistencia de la Niñez Abandonada (FANA), quien murió este martes en Bogotá.
Su obra, alrededor de la cual giran miles de personas motivadas por su ejemplo, es una organización que en febrero de este año cumplió cuarenta años de trabajo al servicio de los niños más necesitados de Colombia. En unos casos, como apoyo en los procesos de restablecimiento de derechos, y en otros, como instrumento para encontrar una familia, a través de la adopción, a los niños que no tienen sus papás. Las dimensiones de FANA y su aporte a una sociedad como la nuestra, en donde la maldad de los adultos muchas veces es la consecuencia de una infancia plagada de abuso e infortunio, es de grandes proporciones. Son más de 14 mil los niños que durante estos años han recibido alimentación, vivienda, vestuario, atención en salud y sobre todo amor. Cuatro mil más se han beneficiado de los programas de protección y rehabilitación mientras se les define su situación legal y gracias a su programa de adopciones, nueve mil niños han encontrado una familia.
A través del hogar Margarita, FANA brinda asistencia profesional a las mujeres embarazadas que en conflicto con su embarazo buscan protección para ellas y para el niño que está por nacer. Cientos de mujeres han tenido la orientación necesaria para construir un plan de vida para ellas y su bebé, ya sea a través de la creación de las condiciones para la crianza de sus hijos, o garantizándoles a ellos un hogar al cual tienen derecho y su madre no está en capacidad de proveer.
Desde hace más de tres años, la fundación también realiza esfuerzos inimaginables para encontrar familia a niños de difícil adoptabilidad, que por cuenta de su edad o por tener necesidades médicas especiales tienen enormes riesgos de quedar en situación definitiva de abandono, como si se tratara de hijos del Estado. Programas especiales dedicados a trabajar por estos niños han hecho posible que grupos hasta de seis hermanos puedan encontrar un hogar y así cumplir con un sueño y un derecho al que todos deberíamos tener posibilidades de acceder.
Con el trabajo de casi medio siglo, Mercedes no buscó ni reconocimiento social ni retribución económica. Por el contrario, sin vanidad alguna, cada mañana hizo y puso todo cuanto pudo de su esfuerzo y de su patrimonio para hacer que la vida de otros fuera viable, digna y feliz. Su partida entristece a miles de personas que conocen su trabajo y que hacen parte de la familia extensa de la fundación. Su ejemplo servirá de inspiración para muchas generaciones que quieran servir a los demás y FANA sin duda crecerá con su recuerdo.