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La política nacional, tradicionalmente agitada entre sus protagonistas por cuenta de acusaciones y controversias que van y vienen, ha contado en las últimas semanas con la inusual participación ciudadana, que ha entrado al debate por cuenta de la pasión que han levantado recientes acontecimientos.
Primero se destapó el carrusel pensional de la Judicatura. El masivo rechazo ciudadano se fundamenta en la indignación contra quienes disfrutando de salario público utilizan sus cargos para defraudar al Estado con conductas abusivas o ilegales. Nadie comprende cómo puede trabajar un equipo con constantes cambios en sus integrantes y mucho menos se entiende que las modificaciones realizadas coincidan en la brevedad del ejercicio y en la proximidad de la jubilación del beneficiario, quien irremediablemente disfrutará de un incremento extraordinario en su pensión, como premio por el trabajo de apenas unos días.
Después, vimos al Polo Democrático y a algunos de sus aliados de los sindicatos haciendo aquello que mejor han aprendido: hablar mal de Colombia en el exterior para defender una agenda local en la que no son protagonistas ni agentes de cambio. Ya nos acostumbramos a verlos despotricando de todo lo que aquí acontece, desinformando a interlocutores de buena fe y dificultando el trabajo del gobierno. Sin duda, su actitud es consecuencia de aquello que los polistas consideran fuente de su éxito electoral: ellos creen que sus ideas sólo encuentran tierra fértil entre la miseria, la desigualdad y la falta de oportunidades. Por eso, por miedo a no sacar votos, es que no son capaces de reconocer los logros y realizaciones de los últimos años, ni admitir que Colombia está mejor hoy de lo que estaba hasta hace apenas una década, así todavía quede mucho por hacer.
También hace unos días empezamos a ver el show de las Farc y la pantomima que precede las liberaciones. Nuevamente las familias de los secuestrados y la ciudadanía expresaron su absoluta indignación frente a quienes, para liberar una persona, lo único que necesitan hacer es desatar unas cadenas y abstenerse de disparar. Los colombianos recibimos con malestar la campaña para repatriar genocidas y narcotraficantes y la propuesta para sacarle plata al sector privado para subsidiar las actividades de los criminales.
Y para terminar, esta semana conocimos la condena contra Plazas Vega. Y ello, que de por sí era ya suficiente asunto para encender el debate público, a la postre terminó siendo lo menos comentado. La solicitud a la Corte Penal Internacional para que juzgue al expresidente Betancur y sus ministros, así como la obligación establecida al Estado (que no fue parte en el proceso) para que pida perdón en la Plaza de Bolívar por los delitos cometidos, se llevaron de lejos todas las opiniones que, no puede ignorarse, fueron mayoritariamente de indignación popular. Con sus considerandos, el Tribunal de Bogotá levantó una polvareda en la opinión política y jurídica nacional apenas introductoria del enfrentamiento que se empieza a agudizar entre los poderes públicos por cuenta de las declaraciones de sus más encumbrados dignatarios.
Sin duda, hemos vivido últimamente semanas de pasión.