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Algunos creían, más con las ganas que con la razón, que el presidente Uribe se retiraría de la vida política colombiana luego del 7 de agosto de 2010.
Esos mismos le hicieron planes de retiro, le buscaron universidad y lo imaginaron dedicado a escribir libros y a dar conferencias, alejado de la controversia política cotidiana. Sin embargo, era poco probable que su retiro formal significara su retiro real de la política. Como actor de primer orden, Uribe no ha tenido un día de descanso desde que dejó la Presidencia. A la agenda internacional que lo ha llevado a múltiples destinos, pronto hubo que sumarle sus constantes intervenciones en medios de comunicación y redes sociales, y, más tarde, la continuación de los talleres democráticos y la participación activa y directa en las campañas de alcaldes y gobernadores. Uribe continuó impulsando sus ideas desde el primer día de su expresidencia. A donde va, habla de la importancia de la política de seguridad que promovió y las bondades de la inversión como instrumento para avanzar en crecimiento y equidad. Así es Uribe, y quienes lo imaginaban distinto estaban ciertamente equivocados.
Mientras tanto, el presidente Santos, con su reconocida habilidad política, creó una Unidad Nacional que le dio gobernabilidad en el Congreso y dejó en la práctica a su gobierno sin oposición. Todos los partidos que componen la Unidad sienten a Santos como su presidente y la agenda del gobierno como la propia. Así, con los factores reales de poder de su lado y sin contradictores de estatura, el presidente empezó a gobernar, marcando distancia con su antecesor en temas de trascendental importancia para el país. Asuntos como el reconocimiento del conflicto armado, el desmonte de algunos beneficios para la inversión, la Ley de Víctimas y Tierras, el fuero militar, la posibilidad de un proceso de paz y algunos aspectos de las relaciones internacionales, por sólo mencionar algunos temas, distanciaron desde muy temprano a los dos líderes políticos.
Esta semana se hizo pública y evidente la ruptura que venía gestándose hace meses. Acertaron quienes sostenían que Uribe, más temprano que tarde, quedaría convertido en jefe de la oposición al gobierno que ayudó a elegir. Algunos, por múltiples razones, no queríamos siquiera imaginar el escenario en el que nos encontramos, aunque este pudiera haber sido premonitorio: Santos no era uribista y a pesar de ello terminó siendo ministro estrella del gobierno, y Uribe no tenía a Santos por candidato y sin embargo fue el beneficiario de su herencia electoral.
El presidente Uribe tiene todo el derecho a defender su legado y Santos a construir el suyo. Los ciudadanos y la historia habrán de dirimir esta disputa. Por ahora, nos tocará verla en los medios de comunicación y seguramente también a través de alguna manifestación en el Congreso. Con el pasar de los meses, confirmaremos si la pelea Uribe vs. Santos alcanza dimensiones electorales y entonces será en las urnas donde los colombianos deberán tomar partido y decidir qué modelo y qué tipo de gobierno quieren para sí.
Twitter: @NicolasUribe