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Santa Fe, a lo largo del semestre, hizo todos los méritos para ser el campeón. Incluso se clasificó anticipadamente a la final, mientras además atendía sus compromisos de Copa Libertadores, a la que avanzó hasta la semifinal.
Llegó como el primero de la Reclasificación, y todo a punta de fútbol, de buen fútbol, sólido, contundente, práctico y muy ofensivo. Todos los expertos coincidieron en afirmar que, sin duda, el cuadro cardenal era el mejor equipo de Colombia. Y claro que era así.
Pero el rojo se derrumbó en la final, se derrumbó en lo futbolístico, porque murió con las botas puestas. Pero ni el partido en Medellín ni el de anoche en Bogotá —con estadio lleno—, Santa Fe no fue Santa Fe. Lució absolutamente desdibujado, sin brújula y con su líder Ómar Pérez completamente desconectado. Incluso se puede pensar, también, que el desgaste físico les cobró factura a sus jugadores.
Pero igual, sin el título en el bolsillo, hay que aplaudir al cuadro cardenal porque hizo una gran campaña que infortunadamente terminó sin el pan y sin el queso, por la desconcentración en los dos partidos de la final, sí los más importante.
Mis respetos para Nacional, que a punta de mucha jerarquía y poco fútbol conquistó su estrella 12. Aplausos para el técnico Juan Carlos Osorio, quien hoy puede sacar pecho y callar a todos sus críticos que le destrozaron su fútbol. Y sí, el verde nunca fue vistoso en la cancha, pero quién le quita el título: nadie. Que sus misterios, que su rotación de la línea titular, que sus papelitos, ya eso nada importa, ¡Nacional es el campeón!