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Con toda seguridad puedo decir que no hay alegría más sabrosa que la que nos producen los triunfos deportivos.
Es una delicia dejar aguar los ojos cuando uno de los nuestros literalmente se llena de gloria. Y justo eso fue lo que sentimos ayer con el oro histórico de Caterine Ibargüen en el salto triple del Mundial de Moscú.
Ella, sin duda, es una grande: qué más se puede decir cuando alguien supera a las mejores del mundo. Pero, además de su enorme talento, que de sobra lo tiene, creo, sin temor a equivocarme, que es la deportista con mayor carisma que he conocido en mis años de periodista. ¡Qué talante de mujer!, qué dulzura, qué profesionalismo el de la antioqueña, qué personalidad tan arrasadora. Siempre te recibe con una sonrisa y con una frase muy suya, que la hace absolutamente auténtica. Así que por su oro y su don de gentes, quiero hoy inclinarme ante Caterine y quitarme el sombrero (no lo uso, pero me lo consigo).
Gracias por esos triunfos que nos hacen olvidar las penas, y gracias también a Nairo, a Rigoberto, a Orlando Duque. También a usted, Jéssica Parra. Gracias a todos los que se suben al bus de la victoria y sacan pecho por las mieles de aquellos que hacía unos días ni conocían. Eso es lo de menos, qué más da.
Pero qué rico que aquellos que hoy nos hacen reír, en el mañana no tengan que pasar por las penurias económicas que en este momento vive nuestro gran campeón Cochise Rodríguez.
Así que si ellos, los deportistas, son los mayores generadores de nuestras alegrías, saquemos menos pecho e invirtamos más dinero. El que lo entendió lo entendió.