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Por ahí dicen que según como sea el desayuno se sabe cómo va a ser el almuerzo.
Y así, como anillo al dedo le cabe este popular refrán a la selección de Colombia. Comenzó mal las eliminatorias y claro, terminó mal.
Lo mostrado ayer ante Chile no fue más que la confirmación de lo que hizo el equipo nacional en estos dos años de eliminatorias: jugar mal, no reaccionar con el marcador adverso, regalarle el balón al rival, derribarse mentalmente y en últimas, terminar haciendo el oso.
Como el mal estudiante, Colombia quería ganar el año en el último examen. Pero, ¿por qué pensar que ante Chile iba a ser diferente? Acaso nos había poseído un hada madrina y el fútbol nos llegaría como por arte de magia. Claro que no, eso es lo que tenemos, eso es lo que da la tierrita. No tenemos más, por eso nos tenemos que quedar otra vez por fuera de un Mundial.
¿Acaso hicimos méritos para ganarnos la clasificación? Claro que no, no hicimos nada, sólo improvisamos, jugamos a inventarnos una alineación en cada partido, a ver si de pronto se aparecía el milagrito, porque el fútbol se desapareció hace mucho tiempo, quién sabe dónde está. Pero lo seguro es que no está en Colombia.
El fracaso de una nueva eliminación tiene (debe) prender las alarmas. No más vagabundería. Los aficionados esperan soluciones de fondo, no es posible que se gasten millones de pesos en preparar a una selección sin alma, sin personalidad, sin carisma.
Chao Sudáfrica, quedas muy lejos. Tal vez con nuestro futbolito ni siquiera nos alcance para llegar… a ningún Pereira.