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Conocí a Gilberto Castillo, hace unos años, cuando mantenía en El Espectador una agradable columna de reportajes titulada “En pocas palabras”. Tenía, desde entonces, una afección en la vista y de pronto, quién sabe por qué circunstancia, resultó siendo socio y luego propietario de una óptica que hoy presta buenos servicios con destacados profesionales. Pero Gilberto, que es inquieto, se dedicó a investigar la historia de nuestro país, sobre todo aquella anterior a la independencia.
Hace unos años publicó un libro, Caminando en el tiempo, que trata sobre el encuentro coincidente de tres conquistadores: Quesada, Belalcázar y Ferdermán, en la Sabana de Bogotá, que ya ha tenido varias ediciones. Y luego otro libro, Balboa y el mar del sur. Ahora, después de más de cinco años de investigación, acaba de publicar (ediciones Aurora) Hilos de sangre y otras historias, en donde hace un análisis agudo y documentado sobre el origen, la formación y la consolidación de las élites en Colombia, llegando hasta la clase obrera y el surgimiento de los oficios especializados que dieron origen a la actual industria.
El hilo conductor de esta historia no es otro que los apellidos e hilos de sangre que se fueron entrelazando a través de matrimonios pactados, aún con el incesto. También se habla del erotismo como las costumbres sexuales y sociales. La ropa, la formación de los gremios y la comida actual a partir de la mezcla de productos ibéricos y criollos.
De otro lado, el libro revela que los Maldonado, los Ospina, los Berrio y los Caicedo provienen de la unión de Felipe Ospina Maldonado de Mendoza con Francisca de Berrio. De allí nacieron tres presidentes: Mariano Ospina Rodríguez, Pedro Nel Ospina y Mariano Ospina Pérez. Y a su vez, esa familia Ospina desciende de Sebastián de Belalcázar, según cuenta Castillo en su voluminosa y documentada investigación.
Una visión distinta de la historia esta relatada por Gilberto Castillo. Por algo tiene óptica.