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Brasil, en juego

Oscar Guardiola-Rivera
30 de septiembre de 2014 – 10:13 p. m.

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Las elecciones brasileñas decidirán si la potencia de Latinoamérica continúa liderando la tendencia hacia la mayor madurez y autonomía del subcontinente.

O bien, si volverá a ser el socio minoritario de los intereses estadounidenses en esta parte del hemisferio. Un menor de edad. Las posiciones de ambos países comenzaron a ir por sendas propias tras el bloqueo al proyecto estadounidense para una zona de libre comercio en las Américas. Su participación en las recientes decisiones del llamado Brics habrían confirmado el compromiso de Brasil con la construcción de un mundo multipolar.

Para algunos, Marina Silva ha emergido como la candidata cuyas posiciones en lo internacional ofrecen lo que Washington preferiría: acuerdos bilaterales, reducción del perfil de Mercosur, distancia respecto del Brics, acercamiento a la Alianza del Pacífico, marginalización del papel cumplido por Unasur, el Consejo Suramericano de Defensa y otros pilares de la política exterior brasileña.

“Dadas estas posiciones, cabe imaginar las consecuencias de una victoria de Silva”, afirma Emir Sader, “sería el mayor avance de los EE.UU. en mucho tiempo”. Consistente con tal posición sería su política económica: ya ha anunciado un plan para “independizar” el Banco Central con el pretexto de evitar la corrupción política. El argumento es mentiroso. Sugiere que la influencia del mercado y los intereses financieros es sólo técnica. No lo es. La influencia del gran dinero es en nuestro tiempo el más claro ejemplo de corrupción política. Si no que lo diga la administración Obama, incapaz de contener la captura del aparato estatal por intereses financieros.

Ello explica la contradicción aparente en el apoyo ofrecido a Silva por el gran capital brasileño. Nacida pobre, aprendió a leer a los 16. Trabajó como cauchera y obrera metalúrgica. Comenzó su actividad política en Acre, durante la conformación de las comunidades de base, predicando el sermón liberacionista. Allí conoció al teólogo Leonardo Boff, quien la apoyó tras su renuncia al gabinete de Lula por razones ambientalistas. “Silva se ha convertido en una fundamentalista cristiana con una mentalidad similar a la de ciertos líderes musulmanes; ya no lee la voluntad de Dios en la historia … sino en la letra de un texto escrito hace cuatro mil años”, dice Boff, quien ya no la acompaña. “Como candidata del PSB representa la vieja política, aliada a las finanzas”.

Las políticas de Dilma y Lula han sacado a 36 millones de la pobreza. Ahora están hambrientos de educación, salud y transporte. Las protestas de 2013 así lo expresaron. También el que ya no aceptarían un Brasil de arreglos sombríos y compromisos con los poderosos. Ni de Dilma ni de Silva. Esa voluntad decidirá las elecciones.

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