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Centro Traumático

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Dos cosas han quedado claras a la comunidad internacional tras el resultado del domingo: de una parte, Colombia es un país dividido que demuestra hasta ahora ser incapaz de reunirse en torno a un objetivo tan aparentemente bondadoso como la paz. De la otra, la imagen de bondad que suele acompañar a ese término puede ser ilusoria.

Pete Deane, por ejemplo, se declara expectante acerca de lo que pueda decir la organización Colombia Solidarity Campaign basada en Londres: “Sé que un buen número de afrocolombianos e indígenas están furiosos por haber sido excluidos de la mesa. Han realizado demostraciones en estos meses para expresar su descontento. Los asesinatos y desapariciones de activistas de derechos humanos, ambientalistas y sindicalistas han continuado en El Cerrejón, Buenaventura y Cauca. El proceso de paz parece más una pacificación y una división del botín de guerra que un acto de justicia”.

Ello es cierto, y puede comprobarse en la manera en que partidarios del Sí y del No, sin duda impulsados por las mejores intenciones y las más sentidas emociones, llaman a la reconciliación y la resiliencia (esa horrible palabra) sin que ninguno de ellos se atreva a apuntar al centro traumático de nuestra indecisión: tras la imagen blanca de la paz puede verse el espectro de la pacificación, de la misma manera en que aparece la calavera en Los embajadores de Holbein cuando se le mira desde cierto ángulo.

Por ello temo aquello por lo que otros claman: la reconciliación entre Santos y Uribe, si ello implica que este último y sus presidenciables o quienes les apoyan desde el oscurantismo y las sombras tomen la iniciativa del proceso. Ello aceleraría tendencias excluyentes ya presentes y podría resultar en una institucionalización aún mayor de procesos de desplazamiento y desposesión que buena parte de la sociedad colombiana acepta ya como “naturales”.

Por ello la izquierda democrática (democracia, otra palabra complicada) debe abandonar la posición de convidado de piedra que ha aceptado hasta ahora. Si de Asamblea Constituyente se trata, la experiencia del 90 indica que a ella sólo se puede llegar tras un intenso período de diálogo entre y con las bases que no se identifican con los intereses más o menos privados, y hasta narcisistas, de las élites político-económicas en aparente disputa (incluyendo las Farc). Es su iniciativa la que ha hecho falta, lo que no sorprende en un país acostumbrado a no escuchar a sus gentes. Es por ello que éstas no votan. ¿Puede esa ser la iniciativa alternativa, populista de izquierdas, al mediocre populismo de derechas con impunidad total, unilateral, que se nos viene otra vez encima?

No soy optimista. Nada garantiza la armonía deseada. Por ahora, propongo que el Centro Democrático cambie su nombre por el de Centro Traumático.

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