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“Hablar con quienes estamos de acuerdo resulta fácil. Es más difícil comunicarnos con quienes no concordamos. Por ello no es menos importante. Es importante ver si es posible encontrar una raíz, un lugar común a todos. Pienso que es posible.”
Así, el candidato a la nominación demócrata por la presidencia de EE.UU., Bernie Sanders, abrió su intervención en Liberty University. Sus palabras son una lección en democracia. Nos recuerdan que el arte de la política no consiste en gritar más duro y con mayor frecuencia en favor de ciertas nociones recibidas con las cuales nos identificamos sin examinar bien el porqué. Y que dicho examen sólo procede cuando intentamos comunicarlas a quienes no comulgan con ellas, sin juicios ni anatemas.
No es una lección nueva. Aparece, en boca de Sócrates, en los clásicos diálogos de Platón. Es la nuez de la dialéctica: constatar que el fin de la comunicación es encontrar la raíz que nos es común, construir un espacio para todos, antes que someter a los demás al juicio de nuestras opiniones. Tal es la radicalidad del uso filosófico y democrático del lenguaje frente a la “libre” opinión. El intercambio entre Sanders, un socialista que apoya el aborto y el matrimonio gay, y los miembros de la institución conservadora evangélica de Lynchburg, Virginia, fue ejemplar en este sentido. No hubo abucheos, insultos. Sí preguntas, respuestas consideradas, desacuerdos e intercambios.
Sanders acudió a Mateo 7:12 y al profeta Amós al presentar su posición en contra de la desigualdad de ingresos, e invitó a considerar la situación actual en ese contexto. “Vivimos en una época en la cual algunos poseen riquezas más allá de toda comprensión mientras que millones viven en la pobreza. Cuando hablamos de moralidad y justicia, tenemos que entender que no hay justicia cuando pocos tienen tanto y tantos poco o nada”.
Esta segunda lección tampoco es nueva. Sanders podría haber seguido en este punto el clásico ensayo de Montaigne sobre los amerindios que inspiró a Shakespeare. Vaya contraste con nuestros opinadores. Prefieren pensadores de segunda, como Karl Popper, a quienes citan como autoridad para pasar juicios sobre otros, completos de antemano. Nuestra prensa reporta poco acerca de Sanders, aunque en los sondeos ya aventaja a la favorita Hillary Clinton en dos estados claves. Quizás porque no encaja en los muy cerrados estancos de nuestra ignorancia acerca de la política anglosajona y “desarrollada”. Tampoco sabe nada de Jeremy Corbyn. Pero ambos son heraldos de una revolución en política. Por ello aterran a los poderosos, quienes sólo se atienen al eco de sus opiniones en los diarios y temen al diálogo social que descalifican como amenaza.