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Duelo

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Sin saberlo, mi madre ha frustrado mi futuro intento de suicidio. Días después de la sorpresiva muerte de mi padre a fines del año pasado, de la cual aún no me recupero, encontré entre sus cosas un viejo revólver .32 corto. Estaba envuelto entre hojas de periódico de los sesenta, en una valija cerrada con llave que ninguno había visto jamás.

Se trataba del arma de dotación de mi padre. Durante su juventud había sido juez de instrucción criminal en el Tolima, en los años finales de eso que los historiadores llaman de manera pintoresca la violencia clásica. Papá hablaba poco de esa experiencia. Supuse que su silencio era parte de un intento poco eficaz por suprimir el horror y los malos recuerdos.

En aquel entonces, la desproporcionada reacción estatal en contra del campesinado ya había degenerado en una mezcla de venganza, represión, violencia partisana y la persecución salvaje de comunidades enteras, criminales bandoleros y las guerrillas comunistas de Tirofijo.

Junto al revólver encontré una página escrita a lápiz, amarillenta y vagamente legible, que debió ser parte de alguno de los reportes redactados por él en aquella época. Detallaba el descubrimiento de los cuerpos de un grupo de niñas y mujeres violadas y mutiladas cerca de Planadas y Gaitania. No pude dejar de pensar en “La parte de los crímenes”, las trescientas páginas infernales en la novela 2666 de Roberto Bolaño. Sentí náusea y rompí en llanto.

Mi padre, como su padre y su abuelo, como yo, no vio un solo día de paz en Colombia. Vio a quienes con fervor abrazaban la idea de que sólo habría paz cuando hubiese muerto el último de los bandoleros comunistas. Vio a estos últimos convencerse de que a la insensata oligarquía colombiana sólo se la podía enfrentar con las armas. Y entendió muy bien que el resultado de la tozudez de unos y otros era la fosa común en las afueras de Gaitania. El legado de un país que se suicida.

Por eso esperó hasta el último día de su vida para hablarme de esas cosas. Mientras le leía en voz alta unos párrafos de mi libro, al lado de su lecho de muerte en el hospital, me hizo prometerle jamás celebrar a uno de los caídos de la violencia en Colombia, sin importar a qué bando perteneciera. Hoy cumplo esa promesa.

La semana anterior me contó mi madre que al terminar los funerales se dedicó a destruir el revólver de papá con ayuda de un serrucho y una lima. Pienso en su extraño ritual y en los nueve meses que le tomó convertir el .32 corto en un rompecabezas imposible de armar. La próxima vez que me visiten los demonios, los del exilio, los externos, los internos y los del abandono, tendré que enfrentarlos desnudo, sin espada y sin escudo. Sin excusas. Esa pistola nunca reclamará la vida de nadie.
* Analista y profesor del Birkbeck College de la U. de Londres.

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