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Incapaces de explicar la inesperada aparición del cadáver que yacía destrozado en el pavimento este domingo por la mañana, los vecinos de la avenida Portman en Londres optaron por la más increíble de las hipótesis: aquel hombre había caído a la tierra. Cuando la unidad forense llegó al lugar, los lugareños continuaban mirando al cielo. Uno de ellos sugirió que quizás habían sido testigos de algo mucho peor: un portento, una señal del inminente final de los tiempos.
Jamie Kugele, quien había tropezado con la terrible escena al salir de su casa esa mañana para comprar una botella de leche y el periódico, tenía razón. El hombre que yacía en la calle había caído de los cielos y, en efecto, su muerte es un signo de los tiempos.
Las autoridades determinaron que se trataba de un angoleño que viajaba de Luanda a Londres como polizón en el tren de aterrizaje de un avión. Un acto semejante tan sólo puede interpretarse como un intento por escapar del infierno. Pero este infierno nos resulta demasiado familiar, común y corriente.
Angola, hace poco un teatro de guerra en el suroccidente de África, es hoy el segundo mayor productor de petróleo del continente y un imán para miles de portugueses que intentan escapar de la recesión europea. Cerca de 100.000 portugueses viven hoy allí, muy por encima de los 20.000 de hace apenas nueve años.
Entrevistada por la revista Monocle, la inmigrante portuguesa Diana Cordovil apuntaba: “Portugal es deprimente, Angola es una aventura excitante. Se gana más aquí y existen posibilidades de promoción. Todos mis amigos quieren venir”.
Las cosas van mal en Portugal. Hace un año, el primer ministro Pedro Passos Coelho urgió a los jóvenes de su país a emigrar. Un tercio de ellos carece de empleo. Tres millones de portugueses ya viven fuera; sólo diez millones permanecen allí. Más de un millón en Francia, primer destino de los inmigrantes portugueses; unos 700.000 han emigrado a Brasil, el segundo, y cerca de 130.000 a Venezuela, el séptimo. Colombia no figura entre las diez primeras destinaciones de emigración para los portugueses. Al menos no por ahora.
Se dice que la juventud de un país es su más preciado recurso y la garantía de su futuro. Tal parece que Portugal carece de uno. Esa es un posible definición del infierno. Otra es la que explica el desesperado intento del hombre que cayó a la tierra en Portman esta semana: la economía de Angola crece a un ritmo ejemplar, apoyada en la explotación minera y petrolífera. La corrupción es endémica. Los pocos se hacen cada vez más ricos, la mayoría no. La desigualdad crece al ritmo acelerado de la economía. China y los EE.UU. necesitan el petróleo de los angoleños. También ellos carecen de futuro.
Pensándolo bien, se trata del mismo infierno.
*Oscar Guardiola-Rivera