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¿Es buena la religión?

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La versión castellana de mi más reciente libro, titulado ¿Qué pasaría si Latinoamérica gobierna el mundo?, contiene una historia que ya ha sido contada antes por Alejo Carpentier.

Mal resumida, la historia es la siguiente: una noche de 1815, el joven italiano Giovanni Mastai soñó Latinoamérica. El entonces miembro de la Guardia Papal asumió aquella visitación espectral como si se tratase de un signo de los cielos. Dios le había revelado que el descubrimiento de las Américas inauguraba una nueva época: gracias al viaje de Colón la fe cristiana habría de convertirse en la única religión verdaderamente universal. ‘Ve e incendia’, le ordena en sueños la divinidad.

Bellamente fraseada, esa declaración representa, sin embargo el extremo destructivo de que es capaz la mentalidad fideísta. Se llega a esa posición al aceptar, como lo hace cierta comprensión de la religión, que los seres humanos somos una especie esencialmente fallida, en error, caída y culpable a la cual le ha sido revelada la verdad y con ella la orden de convertirse y hacerse buena, so pena de enfrentar la destrucción como castigo.

Quienes así piensan suelen autonombrarse defensores de la verdad moral dada y asumen como cruzados la tarea de salvarnos a todos.

Ve e incendia. O silencia.
La semana pasada vimos dos ejemplos de ello. En Estados Unidos la derecha tea-partidista que lee la Constitución de manera similar a la Biblia, como una clave revelada del camino correcto por donde debe ir la historia, nos ha empujado a todos al borde del abismo al condenar esa nación a la ingobernabilidad económica. En Colombia, un prelado decidió cancelar un evento académico en la universidad que regenta para silenciar de paso a cinco de los ponentes que según este Mastai contemporáneo estaban “en contra de las orientaciones del Magisterio de la iglesia respecto de la defensa de la vida humana en todas las etapas de su desarrollo”.

Ve e incendia.
La religión hace afirmaciones extraordinarias acerca de la vida y su evolución, o en contra de ella, para las cuales no presenta siquiera evidencia ordinaria. Antes de aceptar o no estas posturas particulares, sería conveniente preguntarnos si es bueno para la humanidad en general el apelar a nuestra credulidad en vez de nuestro escepticismo. ¿Es bueno silenciar a los escépticos? ¿Es bueno predicar culpa y vergüenza acerca de la sexualidad, o enseñar que el sida es malo pero no tan malo como los condones? ¿O considerar a la mujer una creación inferior, como lo hace el conservatismo religioso, al tiempo que se autonombra policía de su cuerpo? ¿Es esto bueno para el mundo?

En noviembre de 2010, Tony Blair y Christopher Hitchens se encontraron en Canadá para debatir estas cuestiones. ¿Aceptaría monseñor Luis Fernando Rodríguez una invitación similar de este columnista?

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