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Esta nueva tiranía

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En todo el mundo dos temas parecen concentrar cada vez más la indignación de quienes protestan.

De un lado está la tendencia de los gobiernos a justificar en el antiterrorismo la manipulación de la ley y el uso de la fuerza para limitar la capacidad de disenso de los ciudadanos. De la otra, el uso de dicha fuerza para reprimir toda protesta en contra del modelo económico en crisis, el mal llamado “neoliberalismo”.

Los ejemplos abundan: griegos indignados ante una nueva ley de desahucios cuyo fin es satisfacer las demandas de privatización impuestas por la troika europea; estudiantes y jóvenes enfrentados al establecimiento chileno, buscando convocar una asamblea constituyente popular para deshacerse de la Constitución de 1980 y su fracasado “modelo”; los egipcios, divididos entre la incapacidad política de la Hermandad Musulmana y la evidencia de un golpe de Estado, ven su revolución convertida en represión por el establecimiento militar (que controla la arruinada economía del país); la policía británica aplica la sección 7 de la legislación terrorista a la pareja homosexual brasileña del periodista inglés que ha cubierto la historia de las revelaciones de Snowden en EE.UU. y el Reino Unido, en un intento de satisfacer a sus “superiores” americanos.

Los ejemplos abundan también en Colombia: de una parte, la muy justa protesta campesina contra las consecuencias irrazonables del proceso de “apertura prostibularia” al que se ha referido Reinaldo Spitaletta en estas páginas, el mismo denunciado por el documental de la joven realizadora Victoria Solano.

De la otra, la indignación que ha causado en una universidad capitalina la aparente presión ejercida por sectores conservadores cercanos al poder con el fin de posponer la realización de un ciclo de cine que celebra la libertad personal, sexual y de género. El patrón que emerge es el siguiente: el uso y abuso de la ley, el poder y la fuerza con el fin de apuntalar como sea la reducción de la libertad política ciudadana a la mera libertad de consumo en un mercado global cuasi monopolístico de valores homogéneos.

Para el filósofo francés Alain Badiou se trata de la “tiranía de los deseos normalizados”. El sociólogo chileno Alberto Mayol habla de la “despolitización” de la sociedad y su conversión en una superficial cultura mercantil. El pensador estadounidense Michael Sandel apunta a los peligros del “triunfalismo de mercado” actual. Cornel West se refiere a la “noche del imperio”. Todos apuntan a que la crisis financiera, política y económica es la nueva normalidad. En esa “normalidad” los estados cumplen el rol de Trasímaco en la antigüedad: la justicia como defensa del interés del más fuerte. Nos gobiernan nuevos sofistas.

*Óscar Guardiola Rivera

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