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El discurso anticorrupción ha sido siempre propiedad de las derechas. El lacerdismo jurídico formalista preparó el terreno en el Brasil pregolpista de los sesentas, así como en el uribismo rabioso de hoy resuena el resentimiento moralista del viejo laureanismo.
Todos imitan a Hermann Esser, editor en jefe del Völkische Beobachter en la Alemania de los veintes. Dicho medio usaba el lenguaje moralista de la “recuperación nacional” frente a un contexto percibido como corrupto por la tentación del dinero (identificado a prisa con el carácter de los judíos). Asumida la corrupción de la esfera pública, dirigieron sus esfuerzos a la esfera privada, con el propósito de eliminar en ellas a los agentes de la corrupción.
Las izquierdas rara vez saben cómo responder a ese lenguaje. Las más de las veces intentan hacerlo suyo, imitándolo, y como sucede en toda relación mimética y especular, el resultado es tragicómico. Argumentan que debería ser posible trascender los artificios sociales del amor al dinero y optar entonces por una vida diferente, frugal y parsimoniosa. Especialmente si se es “en realidad” de izquierdas.
La parsimonia y la frugalidad son sin embargo, como observó Max Weber, las virtudes cardinales del espíritu capitalista derivado de la cristiandad colonizadora. La paradoja resultante consiste en que la izquierda debería vestir la máscara espiritual del capitalismo, pero si lo hace sube al escenario de la historia como una repetición más sin nada nuevo que ofrecer. Es mejor entender así el descontento actual en Latinoamérica con las izquierdas: es una farsa.
La semana pasada comprobé en Brasil que la izquierda “académica”, más papista que el papa, ahora viste la máscara moralista: demanda introducir la ética en la política, lo que parece loable pero en últimas significa abandonar la esfera de la discusión pública en favor de la aplicación de códigos morales propios de la privada. Al hacerlo fracasa, pues facilita el trabajo de las derechas: un “golpe suave”, o la salida del gobierno antes de que termine el mandato electoral por medios “ético-legales”.
Y tras las revelaciones de los documentos de Panamá las paradojas no cesan: Macri aparece directamente involucrado, pero los medios hablan de los Kirchner, ni siquiera los muertos se salvan, y en Europa precede a la noticia una imagen del presidente Putin, así su nombre no aparezca por ninguna parte. No se trata de una conspiración contra los Brics, sino de algo más simple: seducción, humo y espejos. El complejo en cuestión no es Edipo (conspirar para derrocar al padre), sino Narciso. “Quiero que seas mi espejo”, dice Narciso. “Seré tu mentira”, responden la izquierda académica y los medios. Pienso que este es el momento de liberar a la política de la ética.