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“La bolsa o la vida!”. Eso solían decir los asaltantes de caminos a sus aterrorizadas víctimas en los clásicos del western. Lo que al parecer proponen nuestros lideres marioneta y sus titiriteros empleadores es una nueva versión de la misma amenaza. ¿Qué sacrificar ante la pandemia: la economía o la vida? La diferencia entre estos últimos y los primeros consiste en que, por supuesto, ahora se trata de una falsa dicotomía. Pues para estos últimos la vida es la economía. Para quienes piensan de tal manera no se trata de una disyuntiva, porque suponen que no hay vida mas allá de la economía.
Entonces, si fuese necesario sacrificar las vidas presentes y futuras de la gente para que persista esta economía, pues que así sea. Podemos llamar a esa manera de pensar un extremismo respecto al presente. Alguien menos generoso podría concluir que se trata de un extremo utilitario que incluso el más benthamiano de los utilitaristas consideraría intolerable; un pretexto para justificar otro genocidio sumado a los que ya hemos justificado. Consiste en confundir lo que se considera justo en el presente con la justicia misma. No el ideal, sino el futuro como posibilidad real. Es esto último lo que sacrifica nuestro “realismo capitalista”.
Se trata entonces de un pesimismo radical: cualquier cosa que hagamos es solo una gota de agua en el océano. Nada cambia. Carece de sentido siquiera intentarlo. En este punto se encuentran los lideres del posfascismo actual y el desencanto de algunos. Ello explica que muchos hubiesen preferido votar por Biden y no por Sanders, y al hacerlo garantizar la reelección de Trump. Biden no promete nada. Con él sabemos que nada va a cambiar. Sanders promete algo que parece imposible tras una historia llena de traiciones y derrotas. Es la receta para derrotarse a sí mismo y dar la vida al capital.
La vida o el capital parecen entonces uno y lo mismo; elevados al estatus de una categoría trascendental. A propósito de ello, Orlando Fals Borda explicaba que, a través del concierto, la matricula y el peonaje por deuda campesinos, afros y amerindios vendían una promesa de trabajo a cambio de crédito. Los empleadores apostaban en favor de que estos fracasarían a la hora de pagar la deuda, comprometiendo con ello su vida y las de sus descendientes. El equivalente actual son las hipotecas, los préstamos y los contratos “flexibles”. Pero al obligar al cierre parcial de las fábricas, las pandemias, como las huelgas generales, aumentan el riesgo para los empleadores de que sus trabajadores no toleren regresar a las condiciones injustas de esas promesas. La vida, no el capital. Por ello, a lo largo de la historia las pandemias han abierto posibilidades para una nueva negociación entre trabajadores y empleadores mas favorable para los primeros. ¿Ocurrirá así en esta ocasión?