Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“No quiero ser inglés”, escribió el periodista inglés Paul Mason tras las elecciones de esta semana, “cualquier intento por crear una identidad inglesa fracasará”.
Mason se refería al impacto del SNP. La extensión y la intensidad de su triunfo en Escocia constituyen la verdadera sorpresa de las elecciones, equivalente a un terremoto de gran escala, y no la derrota de los laboristas o la victoria conservadora. Había predicho en una columna anterior que los conservadores recuperarían buena parte del electorado simpatizante con los ultras de UKIP, tras haber desdibujado a los laboristas y engullido a los liberales con el humo y los espejos del prejuicio antiinmigrante, euroescéptico, y el temor acerca del frágil estado de la economía, y que ello le favorecería. Fue lo que ocurrió. La victoria escocesa ha hecho el resultado del referendo en 2014 irrelevante. Como ya algunos comentaristas observan, equivaldría a un de facto sí a la independencia. Puede afirmarse que la ruptura del Reino Unido ya ha tenido lugar y que ahora se negociarán las formalidades del caso. Por ello los partidos con cubrimiento en el resto de Gran Bretaña enfocarán sus esfuerzos en Inglaterra, como dice Mason. Los conservadores intentarán obtener “votos ingleses para leyes inglesas”, algo que todo estudiante del constitucionalismo inglés sabe técnicamente improbable y difícil de hacer combatible con el “conservatismo en una sola nación” que predican los Tories. Al tiempo, intentarán forzar, quizás con ayuda de un laborismo masoquista, cambios en la fórmula de distribución nacional bajo el pretexto de proteger a Inglaterra y brindar autonomía fiscal a los escoceses, de manera que éstos tengan que obtener cada libra que deseen gastar. Ese cambio implicaría una reducción de varios miles de millones disponibles para el gobierno escocés. Privado de los fondos para financiar su programa de izquierdas, el SNP escocés vería descender su popularidad. El problema en ambos casos es que en términos de clase, ninguna nación en Gran Bretaña está tan dividida culturalmente como los ingleses. Es lo que ha impedido a los laboristas dar con un discurso que apele a ricos y pobres por igual, o a la clase media aspiracional, cuyos números requieren para contrarrestar la tradicional mayoría azul inglesa. Los conservadores no necesitan hacerlo. Lo único que une a la cultura inglesa es su lenguaje, que es global. La lengua de Tolstoi, Arundhati Roy y Juan Gabriel Vásquez en traducción, y de los Estados Latinos de Norteamérica. La identidad lingüística inglesa está llena de regalos inmigrantes desde el exterior, como dice Mason. Y ese el fundamento de la nueva política y economía progresista que el país requiere si desea evitar la quiebra y el aislamiento a que lo llevan los conservadores.