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Ocupar el centro

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El presidente egipcio Mohamed Mursi ha invitado a los jóvenes y a los demócratas dentro y fuera de su partido a ocupar una vez más la plaza Tahrir, tras su decisión de remover a los más altos oficiales del Ejército.

“Mi decisión no se dirige a ciertas personas en particular”, dijo el lunes en una alocución televisada, apuntando que no era su intención avergonzar a la institución militar sino “asegurar nuestra marcha hacia un futuro mejor, con una generación nueva y el liderazgo renovador que por tan largo tiempo hemos esperado”.

Colombia tendría mucho que aprender de las palabras y la actuación del líder egipcio.

La ocupación de la plaza Tahrir es crucial. Implica al poder popular organizado para que contenga con su presencia al poder militar y lo salve de la tentación de usar su capacidad de fuerza o permitir su abuso por parte de politicastros y oportunistas.

Hasta ahora la plaza ha sido el símbolo central de una democracia espontánea mas no realizada. Su ocupación por la sociedad organizada y la firme decisión de afinar la relación entre el poder militar y el civil la han convertido en el centro actual de la democracia.

De seguro no existe tal cosa como un centro “puro”, pero sí el centro actual. Los que hablan de “puro centro democrático” ponen el acento en la puridad. Su énfasis está en depurar, limpiar, extirpar el cáncer que según ellos amenaza de muerte el cuerpo social.

Y cuando se trata de extirpar, todo vale, inclusive tentar a los mandos militares a ejercer la fuerza en contra de la autoridad que representa al poder popular. Esto último es en el caso colombiano, tanto como en el egipcio, oportunismo, no ideología.

Al pesimismo acerca de lo que puede hacer el cuerpo social y el uso aterrador del lenguaje de la limpieza, se une la oportunidad de tomar ventaja de la debilidad aparente de las instituciones democráticas para hacerse una vez más al poder.

Y como desconfían de la democracia, pues la perciben débil, su opción predilecta es la de los inquisidores: purificar por el fuego.

Si entre militares retirados o en ejercicio hay quienes han cedido a la tentación de la purificación por el fuego, la acción del presidente colombiano, como en el caso egipcio, debe ser pronta, firme y decisiva.

Y como en Egipto, nos corresponde a los que creemos en la democracia ocupar su centro, tomar la palabra y señalar líderes nuevos dispuestos a aceptar el reto de ocupar cargos de representación popular no para tomarse el poder sino para transformar la relación entre el Estado y su base.

Por mi parte, tomo la palabra y propongo un nombre propio: Roberto Vidal López, la persona que más sabe en Colombia sobre desplazamiento, tierras y legislación de paz, debería ser el nuevo defensor del pueblo. No basta con defender el centro, hay que ocuparlo.

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