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En lo que hace a Ucrania y Venezuela, sólo sabemos a ciencia cierta —término vago para nuestra común ignorancia— que si se protesta para defender los intereses de Euroamérica uno protesta “en favor de la democracia”.
En cambio, si la protesta resulta estar del otro lado de esos intereses, entonces uno protesta con “los terroristas y los enemigos de la democracia”. Es dable pensar que en la confusión reinante tales intereses ni siquiera parecen claros a los portavoces de Euroamérica, o a quienes desde dentro y fuera de Ucrania o Venezuela claman a los cuatro vientos que un dios venga a salvarlos. ¿De quién? De los “enemigos de la democracia”.
Lo que creemos nuestros valores firmes, liberales, fundacionales aunque apenas modernos —el suelo firme desde el cual contemplamos el horizonte los seres civilizados—, resulta ser en el mejor de los casos un compromiso temporal. Transitando por caminos diferentes, la filosofía contemporánea ha demostrado que tal es el caso. Dichos caminos aparecen asociados en la literatura del último siglo a los nombres de Heidegger y el ser, Wittgenstein y el lenguaje, Lacan y el inconsciente, Gramsci y la hegemonía. Habría que reemplazar a Lacan por el etnógrafo Claude Lévi-Strauss, y poner en lugar de ambos a sus informantes amerindios.
Lo demostrado es que vivimos el presente como tránsito, de una crisis a otra sin arribar jamás. Carecemos de fundamentos. Desearíamos estar en tierra firme, pero el camino que transitamos es una combinación entre suelo y abismo. Y si el suelo se abre y caemos, dado que el caer es relativo, sin suelo hacia el cual movernos ni siquiera notaríamos ir en caída libre. Es la condición existencial descrita por Tomás Eloy Martínez en una de sus mejores novelas: Purgatorio.
A los que protestan se los llama pueblo —otro término vago que designa a quienes en apariencia no cuentan—. Aunque no cuentan, para que esto parezca democracia hay que hacerlos contar. Por eso hoy también la derecha protesta: para contar como pueblo y descontar a “la plebe” como hostil a la democracia. Así, el populismo es una forma de hacer contar lo que no cuenta.
¿Y si el pueblo se toma en serio? El suelo cede, la democracia se radicaliza, otra perspectiva es posible: salir del purgatorio. Peor que el populismo es una democracia cuyas instituciones funcionan para descontar al pueblo o convertirlo en plebe. En tal caso, hacer ceder el suelo es una experiencia de libertad. La lección que Ernesto Laclau, el maestro pensador argentino fallecido esta semana, nos daba con una sonrisa. Luego se ponía a cantar.