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¿Qué amar?

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Cuatro personas en la habitación 1001 del Hotel Ritz en Moscú. Tres hombres, una mujer. Ella, una de las más reconocidas escritoras de la época. Hace unos días tuvo un gesto de esos que ya no tienen los escritores de nuestra industria editorial global e híper-individualizada.

 Arundhati Roy devolvió un premio nacional para expresar su rabia frente a la creciente intolerancia en la India de Modi.

Ellos, no menos conocidos. Daniel Ellsberg, el antiguo analista militar de la ultra-conservadora RAND Corporation quien en 1971 suscitó una de las mayores controversias en la historia de los Estados Unidos al publicar los documentos secretos del Pentágono, influido por el poeta Gary Snyder.

En ellos se demostraba que los gobiernos de Johnson y Nixon habían mentido sistemáticamente al público estadounidense con el fin de mantener la guerra en Vietnam.

De inmediato, el Fiscal General John Mitchell envió un telegrama al New York Times ordenando parar la publicación de los mismos. Si el episodio recuerda la actuación de algunos funcionarios de la administración Betancur durante la masacre del Palacio de Justicia, que aún hoy niegan lo ocurrido o rehúsan aún pedir excusas, habrá que recordar aquello de que la historia en efecto se repite dos veces. La segunda como farsa.

Ellsberg fue acusado bajo el Espionage Act de 1917 por robo y conspiración. Le esperaba una condena de 115 años. Fue sobreseído al comprobarse que la evidencia en su contra había sido obtenida de manera ilegal.

El segundo, Edward Snowden. Un conservador republicano quien al igual que Ellsberg trabajaba como analista para el gobierno y había apoyado la Guerra en Irak. Al darse cuenta del desbalance entre el poder que todo lo sabe sobre sus ciudadanos y éstos que no saben nada pues les mienten y ocultan la extensión de las tecnologías de control y vigilancia, decidió contar la verdad. Gracias a un diplomático latinoamericano cuyo nombre debo por ahora reservar logró escapar vía Hong Kong a Rusia, donde vive exiliado.

“Se a que vino,” le dijo Snowden a Roy mientras sonreía, “a radicalizarme.” Ella le preguntó por qué había apoyado la Guerra de Bush y Aznar. “Creí la propaganda,” respondió él con humildad. Snowden le advirtió que “caminamos dormidos hacia un estado de vigilancia total. Un súper-estado con capacidad de usar la fuerza sin límites y la habilidad sin límites de saberlo todo acerca de aquellos a quienes desea aplicarla.”

El tercero era el actor John Cusack, instigador de la reunión. La tristeza de esos tres hombres por el oscuro destino del país que aman conmovió a Roy, suscitando una reflexión sobre aquello que amamos. “Qué país será ése en el que podamos realizar nuestros sueños? No basta encriptar los emails. Debemos recalibrar lo que significan el amor y la felicidad.”

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