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Han vivido más allá de sus medios, gastado demasiado, trabajado poco, y aprovechando la generosidad de los demás europeos cuyos impuestos les salvaron de la quiebra.
Banqueros solidarios salieron a su rescate. A pesar de ello los griegos no pueden pagar sus deudas, debido a la corrupción y los malos manejos. Cuando dichos banqueros advirtieron a los griegos que no aceptarían más dilaciones durante las negociaciones, un grupo de demagogos de extrema izquierda y derecha confluyeron para desafiar el proyecto europeo. En Atenas y otros países del continente, los comunistas populistas conspiran para decidir el porvenir de Europa y el mundo. Se inventaron un referéndum, una consulta mediocre, “por extraña la pregunta, el corto plazo, el clima emocional, y la gran división ciudadana”. Según el editorial publicado esta semana por uno de los principales periódicos españoles, la victoria táctica del premier griego Alexis Tsipras en dicha consulta “y sus planteamientos nacional-populistas suponen una triste jornada para el europeísmo”. El editorial sugiere sin decirlo que al representar el europeísmo la avanzada de la civilización, es esta última la que se encuentra bajo ataque por una conspiración de extremas y ultras. Ello suscita una situación de emergencia, un estado de sitio. Esta es la narrativa que comparten todos los medios corrientes. Es convincente, pero se trata de una mentira. El dilema entre el sí y el no a la austeridad tiene su anverso en la supresión de varias verdades. No hubo negociación, sino ultimátum. La mayor parte de la deuda es odiosa y por lo tanto legalmente cuestionable. Se trataba de una deuda privada a cargo de bancos conscientes de que Grecia no podría pagar, pero fue transferida a los ciudadanos europeos con la anuencia de sus gobiernos. Más aún, ello permite reformular la cuestión del populismo y el dilema entre nacionalismo y radicalismo. Es un falso dilema, pues la socialización de pérdidas apoyada en políticas estatales sugiere la existencia de un populismo de centro o “extremo centro” cuyo fin ha sido que los acreedores de Grecia resulten ser el populus del resto de Europa. Añádase al expediente la apelación del “estado de emergencia”, más propio del jurista nazi Carl Schmitt que del credo liberal, y el miedo a que Grecia vire hacia Rusia, China o los Brics. Es tiempo de preguntar: ¿Qué quiere Europa, mirar al futuro con esperanza o repetir su desastroso pasado?