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Adel Termos caminaba en el mercado junto a su hija de tan sólo unos años cuando el pasado 13 de noviembre un suicida detonó su cinturón de explosivos, matando e hiriendo a cientos.
En ese instante de pánico, Termos observó que un segundo suicida se preparaba para detonar el suyo. Corrió hacia él para empujarlo al suelo y cubrirlo con su propio cuerpo. La bomba estalló, aniquilando a Termos. De no haber sido por su acción, muchos más habrían muerto, de seguro también su pequeña.
¿Qué amar?, me preguntaba la semana pasada haciendo eco de la cuestión propuesta por la escritora india Arundhati Roy acerca del por qué parece más fácil en nuestra época actuar por amor a un país o su bandera que hacerlo por un bosque o el valle de un río. O amar a extraños y extranjeros, cientos de ellos quizás que caminaban por el mercado central de la capital libanesa, tanto como a una hija pequeña.
En medio de la tragedia que ha tenido lugar en Beirut y otras ciudades la semana pasada, la acción ejemplar de Termos sugiere una respuesta. Es contraintuitiva y por ello nos puede parecer descabellada. “En cierta forma, Termos rompió con la naturaleza humana que tiende a elegir la preservación propia”, dijo el médico y bloguero Elie Fares al Washington Post. Fares compartió la historia de Termos tan pronto como ocurrió. Aunque Termos se había hecho ya parte de la memoria colectiva local a través de las redes sociales, su acto seguía pasando desapercibido mientras los eventos de París consumían la totalidad del ciclo de opinión en los medios corrientes. Ello hasta que el domingo un blog americano repitió el siguiente post de Fares: “Desde Beirut, aquí París: En un mundo al que no le importan las vidas árabes.”
Su punto es que historias como la de Termos parecen minoritarias, ahogadas por la opinión mayoritaria. Pero son ejemplares. Al no afinar nuestros oídos para escuchar mejor, perdemos los detalles de esos ataques y de los actos ejemplares que allí tienen lugar. Y con ello la capacidad de juzgar. Pues son estos últimos los que sugieren respuestas correctas a las preguntas que nos hacemos en estos casos. Mejores que el “enfrentamiento de civilizaciones,” el anatema religioso, el riesgo inmigrante y el ojo por ojo que nos ciega a todos.
Ya decía Wilfred Owen: “sólo queda el tartamudeo de las metralletas tableteando plegarias apresuradas. Ni oraciones, ni campanas. Ni voces de duelo, salvo los coros demenciales de los morteros que gritan como furias”.