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Cada que uno levanta una piedra sale a luz pública un escándalo de corrupción en el gobierno de Gustavo Petro. Pasamos de ser un país en el que la corrupción es triste protagonista del acontecer nacional a un país en el que ya no hay, ni siquiera, escrúpulos. La desfachatez y la normalización de la corrupción nos están carcomiendo.
Semana tras semana hay, al menos, un escándalo de corrupción. Y cada vez parecería ser peor. Sin embargo, lo que más aterra es que la corrupción la encarnan y protagonizan, por regla general, los más íntimos al presidente. Sus familiares y más cercanos colaboradores y amigos constituyen un verdadero cartel, como mínimo, de inescrupulosos. No se ponen ni colorados y han aprendido que un escándalo se tapa con otro.
Miremos los protagonistas de la novela de la corrupción y la falta de escrúpulos. Nicolás Petro (su hijo, a quien no crio, pero sí lo hizo político a su imagen, sombra y semejanza), Juan Fernando Petro (su hermano, a quien le encargó el éxito electoral delincuencial llamado el Pacto de la Picota), Verónica Alcocer (su esposa, a quien le delegó gran parte de la burocracia al inicio del gobierno hasta que Miss Panamá la exilió), Nicolás Alcocer (el otro Nicolás, a quien sí crio como hijastro y al parecer sí le aprendió mucho), Jonathan Alexander Delgado -alias Bimba- (el hijastro de su hermano Juan Fernando, a quien su padrastro no crio), su cuñada Leydi Yider Laverde (madre de alias Bimba y exesposa negada de Juan Fernando Petro), Armando Benedetti (camaleón y roedor político, conocido de autos en casi todos los juzgados del país y al parecer “urólogo” del presidente quien a grito herido dice y demuestra que tiene en sus manos las partes “nobles” del presidente), Laura Sarabia (la antes desconocida asesora de Benedetti y ahora revelación del gobierno dueña de su propio cartel familiar de inescrupulosos), Olmedo López (compañero político de Petro a quien presentó en las listas de Congreso como el símbolo de lucha contra la corrupción), Luis Fernando Velasco (a quien sin duda no crio políticamente, pero sí lo vio crecer a su lado como compañero de pupitre en el Congreso), Ricardo Bonilla (a quien Petro siempre ha tenido a su lado en la burocracia estatal y que, como ministro de Hacienda, lideró varios escándalos de compra de congresistas a cambio de votos sobre proyectos), son, entre otros y dentro de una infinita lista, los protagonistas de primer nivel de esta novela llena de corrupción, falta de escrúpulos, y mucho suspenso.
El gobierno de Petro, que solo sabe dar discursos, se ha convertido en algo monstruoso tratándose de escándalos de corrupción. Prometieron ser los enemigos de la corrupción, combatirla y exterminarla, pero terminaron engendrando un monstruo de mil cabezas jamás visto. Petro, en materia de lucha contra la corrupción, no terminó siendo nada distinto de lo que es en otros temas: un insaciable lleno de palabras pero, al mismo tiempo, de incongruencias e inconsecuencias.
Los que votaron por Petro, a quienes les dolerá toda la vida, deben estar muy atormentados por lo que resultó ser la presidencia de quien los demás sabíamos era solo un peligroso hablador de carrera a quien le gusta polemizar y rodearse de delincuentes, pues nunca logró sacudirse ni de su pasado, ni de sus delirios, ni de su resentimiento, ni de su egolatría, ni de su ignorancia, pero sobre todo, de su perversidad. Petro y su cartel de inescrupulosos lo único que quieren es el caos y, claro está, perpetuarse en el poder, propósito éste en el que Petro, a hoy, es el único candidato viable que tiene la extrema izquierda.
El peligro sigue siendo el mismo: un intento de Petro por cambiar las reglas de juego y convertirse en candidato presidencial para gobernar el próximo cuatrienio, con más corrupción y sin escrúpulos, no cabe la menor duda.