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Hace tan solo dos semanas las cifras mundiales del coronavirus eran de 168.000 contagiados y 7.000 muertos. Hoy son diametralmente diferentes: 800.000 personas contagiadas y 40.000 muertos.
Eso significa, como lo advertimos en ese momento, que este virus estaba en una fase de feroz incremento. Y lo grave es que, al no haber suficientes pruebas disponibles para hacerle a la gente ni capacidad para analizarlas (caso de Colombia y otros países), esas cifras, ya de por sí escandalosas, están desinfladas. Es claro que la verdad es otra.
Pero si los políticos mienten, las matemáticas no. En las últimas dos semanas, los contagiados en el mundo se han multiplicado por cinco y los muertos por seis. Es de resaltar que, en promedio, en el mundo muere el 5% de los contagiados, aunque en Italia y España ese porcentaje es de más del doble (11% o 12%). En esos países, hoy muere una persona por minuto.
Esta realidad golpea a todos sin distingo de nacionalidad, raza, religión, edad, estrato social, poder económico o político. Aquí la única discriminación que hace el virus es entre quienes se cuidaron y quienes no, pues el coronavirus es un virus despiadado pero inteligente, que ataca a los que no se cuidan.
Por esa razón, además de cuidarse, la única forma efectiva de combatir su expansión es a través de decisiones serias, efectivas y a tiempo de los diferentes gobiernos. En Colombia, Duque se demoró en adoptarlas, sobre todo, en los primeros días. Se dilató el cierre de colegios públicos y privados; se dejó el asunto de las universidades en manos de la “autonomía universitaria”, que jamás está por encima ni entra en conflicto con la salubridad pública; se retardó el cierre de la frontera aérea, por donde ingresó el coronavirus como Pedro por su casa, sin importar el clamor de quienes pedíamos un cierre inmediato de los aeropuertos internacionales; y, obvio, se durmieron en preparar el sistema de salud a nivel nacional.
En este último punto es obligatorio recordar a Iván González, quien hasta hace dos semanas era el ministro de Salud (e) del gobierno Duque. Dijo entonces el inolvidable alto funcionario, sin que nadie en el Gobierno lo controvirtiera: “Hace más daño la angustia que la enfermedad”, refiriéndose al coronavirus. ¿Ya entienden por qué es que nos cogieron avisados, pero con los calzones abajo? ¿Ya entienden por qué, hasta ahora, se están tomando las decisiones que se hubiesen podido tomar uno o dos meses atrás?
Los gobiernos deben actuar rápido, y sus decisiones deben priorizarse y radicalizarse en la defensa de la vida, la salud y la subsistencia de los ciudadanos, en especial de los menos favorecidos. Cuando esto termine, ojalá pronto y con el menor número de contagiados y muertos en el mundo, nos quedarán varias lecciones: la primera (en realidad la única importante), que el mundo debe cambiar sus prioridades, valores y estrategias para el bienestar social, lo que podría empezar por gastar en la salud de la gente y los servicios médicos, y no en las guerras que nunca libraremos; la segunda, que el coronavirus sí era peor que la angustia.