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Hay una estirpe de colombianos que llegan al sector público en un sentido acto de renuncia; dejan un ilusorio porvenir para cumplir un mandato moral que los compele a servir a la Patria.
Esa renunciación -según ellos mismos- los dota de una superioridad frente a los demás servidores públicos, pues su causa es generosa, no hay interés en el sueldo, ni buscan apropiarse del erario. Vienen además del sector privado, lo que es una señal que los aleja de toda corrupción. Son, pues, la encarnación misma del altruismo.
Supondrán, tal vez, que todos los demás servidores públicos están ahí sin esa perspectiva, y otros más vehementes tacharán al resto con una horda de fracasados o de hampones. Esa reducción en los términos desconoce las realidades propias del sector público. Si bien hay ciertos especímenes corruptos y vagos, hay también todo un ejército de héroes anónimos que con malos sueldos cumplen con pasión sus funciones. En Parques Nacionales hay historias increíbles de directores que luchan contra las mafias de tráfico de madera, y tanto ellos como sus familias son perseguidos por el territorio nacional, lo que no debilita su espíritu de lucha. Anécdotas de funcionarios medios presionando grandes empresas para que cumplan con la normatividad, en batallas que se parecen a la de David contra Goliat. Gestores sociales que arriesgan sus vidas para salvar niños. En general, Colombia tienen funcionarios públicos comprometidos, amantes de lo que hacen y que buscan reconocimientos antes que dividendos. Desafortunadamente, la notoriedad que alcanzan sus actos es escasa o nula. Así que los colombianos nos vamos convenciendo de que todos los funcionarios del sector público se parecen más a los que llegan a los noticieros con prontuarios judiciales.
Esa misma generalización tienen nuestros altruistas, y paradójicamente son muchos de estos funcionarios quienes obtienen peores resultados. Dada la proliferación de «altruistas», conviene analizar por qué, a pesar de sus buenas intenciones, no logran culminar con éxito sus tareas. La primera explicación es que al menospreciar al resto de los funcionarios, son incapaces de entender su funcionamiento. Los «altruistas» se comportan como si siguieran en el sector privado; dan órdenes a la espera de obtener resultados. En el sector privado los que no cumplen son despedidos, de manera que los subalternos trabajan siempre con esa presión; en el sector público, el sistema de carrera elimina esa tensión; la gente no puede ser despedida fácilmente, así que la persuasión, el seguimiento y la micro-administración son piezas claves para la gestión.
Además, la vanidad personal que los acompaña les impide adaptarse a las realidades concretas de la estructura estatal. Los procesos de contratación, las demoras en la toma de decisiones, las dilaciones de los trámites se interpretan como trabas y pretenden imponer una accionar que no es propio del Estado. Por supuesto que es necesario reformar la tramitomanía estatal y hacer una leyes de contratación pública capaz de atender a los requerimientos de una época que va más rápido.
Lo cierto, es que nuestros altruistas son como casi todos los funcionarios públicos personas que encuentran en lo público el atractivo de poder impactar las masas, y transformar las realidades sociales. Pero aquella pretensión de superioridad con la que actúan desfigura el servicio público, y convierte, en ocasiones, los programas sociales del Estado en filantropía. Es importante que el país conozca las virtudes de los servidores públicos, reconozca sus esfuerzos e incentive las buenas prácticas.
@PalomaValenciaL